"Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro"
2.ª Pedro 1:19

lunes, 7 de marzo de 2011

LA NATURALEZA Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA DE CRISTO

J. N. Darby Juan 17:21 - Lucas 12:36 Al escribir estas páginas (de las que espero no ser el autor), tengo el deseo de agregar todo lo que Dios me haya dado para contribuir al progreso de la Iglesia a través de los diversos ejercicios que ponen a prueba su fe. No puedo dudar de que gran parte de la verdad moral de la que dependen las siguientes consideraciones, ha sido comprendida por muchos creyentes, por aquellos que estudian con devoción la Palabra de Dios. Pero he sentido —en la poca comunión, aunque mucho trato, que los tales tienen entre sí— que el hecho de expresar, con la bendición de Dios, estos pensamientos, puede dirigir la atención de los creyentes hacia el verdadero objeto de la Iglesia, y poner de manifiesto más explícitamente a la Iglesia por medio de la Palabra divina; y que, en consecuencia, al recibir dichos pensamientos, también será posible definir su carácter y conducta, asegurando, bajo la bendición de Dios, una mayor conformidad de operación. También se podrá así establecer, fortalecer y afirmar a la Iglesia en la esperanza que le es propia, y hacer que ella exhiba con más claridad y poder la gracia de Dios al mundo; conducir a los creyentes a una más positiva confianza en las operaciones del Espíritu Santo, y esperar menos en las ideas de los hombres y en las cooperaciones humanas, o en lo que se verá al final que no son más que puros intereses humanos. Si bien los objetivos y los propósitos de los creyentes son de naturaleza muy diversa, y están muy lejos del designio para el cual Dios los ha congregado —el cual Él mismo propone como el objeto dominante de su fe y, por consiguiente, el motivo de su conducta—, el resultado inevitable, aun en presencia de la misericordiosa providencia de Dios, es la división y el sectarismo, ya bajo la forma de iglesia nacional o disidente[1]. Doy por sentado aquí que las grandes verdades del Evangelio constituyen la fe que profesan las iglesias, como es el caso en todas las iglesias Protestantes genuinas. Pues la justa consecuencia de recibir las verdades evangélicas por la fe, y su efecto en el hombre, es la purificación de los deseos en amor —una vida para Aquel que murió por nosotros y que resucitó, una vida de esperanza en Su gloria—. Pretender, pues, la unidad allí donde la vida de la Iglesia carece enteramente de las justas consecuencias de su fe, es pretender que el Espíritu de Dios dé su consentimiento a la inconsistencia moral del hombre no regenerado, y que Dios esté satisfecho de que Su Iglesia se deje caer de la altura de la gloria de su sublime Cabeza, sin siquiera testificar contra la deshonra que ello le causa. En realidad, nunca ha sido así: una cantidad de juicios desde afuera señalaron por bastante tiempo el desagrado divino mientras la Iglesia se iba hundiendo. Y cuando quedó completamente sumida en la apostasía, él levantó a Sus testigos, a aquellos que gemirían y clamarían por las abominaciones que se cometieron en ella. Estos testigos —en medio de una profunda oscuridad en cuanto a entendimiento espiritual— testificaron contra la corrupción moral que imperaba en la Iglesia; y, conscientes de que el Señor Jesús los había redimido del presente siglo malo, dieron testimonio de la apostasía de la Iglesia profesante. Cuando plugo a Dios elevar este testimonio a una posición pública —a la vez que la verdad doctrinal (podemos creer) fue plenamente desarrollada para el establecimiento y la edificación de la fe de los creyentes—, de ninguna manera resultó que la Iglesia, como consecuencia, salió, en espíritu y con poder, de la depresión para asumir el carácter que le había sido originalmente conferido según el propósito de su Autor y ser así un testigo claro y adecuado de Sus pensamientos al mundo. En realidad, eso no es lo que ocurrió, por más bendecida que haya sido la Reforma, como todos lo tenemos que reconocer con profunda gratitud. Pues la Reforma estuvo en gran manera y manifiestamente mezclada con la intervención humana. Y aunque la presentación de la Palabra, como aquello en lo que el alma podía apoyarse, fue algo concedido por gracia, sin embargo una gran parte del antiguo sistema todavía era mantenido para la constitución de las iglesias, lo cual de ninguna manera era el resultado de la revelación del pensamiento de Cristo, conforme a la autoridad de la Palabra y a la luz que ella arrojaba. Esto —independientemente de la excelencia de los individuos— confería un carácter al estado y a la práctica de la Iglesia que muchos discernieron como falto de aquello que es aceptable a Dios. Pero como la autoridad de la Palabra había sido reconocida como la base de la Reforma, muchos procuraron seguirla, según creían, de la manera más perfecta posible. De allí surgieron todas las ramas de Disidencia[1], en proporción a la mundanalidad o al alejamiento de Dios de parte del cuerpo reconocido públicamente como la Iglesia. Porque debe tenerse en cuenta que, entre aquellos que tuvieron parte en el reavivamiento religioso desde el tiempo cuando el Papismo predominó sobre las naciones hasta tiempos recientes, por lo general se llamó la Iglesia a aquello que ha sido reconocido como tal por los gobernantes de este mundo, y no por personas que habían sido libradas del poder de las tinieblas, y trasladadas al reino del amado Hijo de Dios (Colosenses 1:13); personas que habían llegado a la "congregación (iglesia) de los primogénitos que están inscriptos en los cielos" (Hebreos 12:23). Estas observaciones son en alguna medida aplicables a todos los grandes cuerpos Protestantes nacionales desde que el orden y la constitución exteriores se volvieron un asunto de tanta prominencia, lo cual no había sido el caso originalmente cuando se trataba principalmente de la liberación de Babilonia. De todo esto surgió una consecuencia anómala y penosa: que la verdadera Iglesia de Dios no tiene ninguna comunión manifiesta. Supongo que ninguno de sus miembros negaría el hecho de que en todas las diferentes denominaciones haya individuos de la familia de Dios que profesan la misma fe pura; pero, ¿dónde está su vínculo de unión? No se trata de que profesantes inconversos estén mezclados con el pueblo de Dios en su comunión, sino de que el vínculo de su comunión no es la unidad del pueblo de Dios, sino, de hecho, sus diferencias. Los vínculos de unión denominacional son los que en realidad separan a los hijos de Dios entre sí; de manera que, en vez de que los incrédulos se encuentren entremezclados con el pueblo de Dios (lo cual es de por sí un estado imperfecto), los integrantes del pueblo de Dios se hallan como individuos, entre los cuerpos de cristianos profesantes, unidos en comunión sobre bases diferentes; y no, de hecho, como el pueblo de Dios. La verdad de esto, creo, no puede ser negada, y, por cierto, es un estado muy extraordinario para la Iglesia de Dios. Pienso que la investigación de la Historia de la Iglesia (sin perder de vista cuál es la verdadera Iglesia de Dios) nos ayudará a entender la razón de ello. Pero no es éste mi propósito ahora, pues estoy escribiendo sencillamente sobre aquel principio de inquirir y corroborar lo que caracterizó a aquellos que temían a Jehová y que hablaron cada uno a su compañero (Malaquías 3:16). Pero ello ha de constituir seguramente un asunto práctico de gran importancia para el juicio de aquellos que, porque aman a Jerusalén, les «duele verla echada en el polvo», de aquellos que aguardan "la consolación de Israel". Creo por cierto que habrá un desarrollo gradual del pueblo de Dios mediante una separación del mundo, en la cual muchos de ellos quizás ahora piensan muy poco. El Señor estará con su pueblo en la hora de su prueba, y los ocultará secretamente en el tabernáculo de Su presencia. Pero no es mi propósito seguir con presunción mis propios pensamientos al respecto. Podemos señalar que el pueblo de Dios, desde el creciente derramamiento de Su Espíritu[2], ha hallado cierta clase de remedio para esta desunión (un remedio manifiestamente imperfecto, aunque no falso), en la Sociedad Bíblica, y en los esfuerzos misioneros. La primera proporcionó cierta unidad vaga en el hecho de que la Palabra tenía un reconocimiento común, lo cual, si se lo investigara, mostraría que, aunque no reconocido en su poder, lleva en forma inherente, aunque parcial, el germen de la verdadera unidad. Lo segundo proporcionó una unidad de deseo y de acción, que conducía en pensamiento hacia aquel reino, cuya falta de poder se había hecho sentir. Y en estos esfuerzos misioneros hallaron cierto alivio para ese sentimiento de falta, que había producido en ellos las operaciones del divino Espíritu. El estado de cosas de que he hablado dio lugar a otros esfuerzos, ya en cuanto a las energías del conocimiento, o a los deseos de vida espiritual, ejerciéndose —con los riesgos que ello a menudo implica para el individuo— mediante desacertados esfuerzos para producir una separación o reunión de creyentes, cuando se tomó un fundamento para su separación enteramente diferente tanto de lo que se llama disidencia[1] como de la iglesia Establecida (nacional). El espíritu y el deseo en que gran parte de todo esto fue llevado a cabo era, sin duda, en muchos casos, el sincero anhelo de una mente impulsada por el Espíritu Santo; pero a menudo ha sido defectuoso, por no haber esperado prácticamente en Su voluntad; y aunque sin duda dio parte del testimonio de lo que era la Iglesia, conforme a la debilidad de nuestra naturaleza y a la posición actual de la Iglesia, sin embargo, aun siendo del orden más elevado, ha fracasado por la razón mencionada, pues en efecto corrió por delante del progreso general de los consejos divinos. Pero aquellas luchas del Espíritu en nosotros (pues creo que así lo son) merecen ciertamente la sincera atención del pueblo de Dios. Este penoso sentimiento de nuestro considerable alejamiento de aquella genuina demostración del propósito de Dios en Su Iglesia, esa anhelante búsqueda de Su poder y de su gloria, debe movernos al agradecimiento porque Él todavía trata así con nosotros, y lo debemos recibir como prenda de aquella fidelidad que, en su debido tiempo, hará que el pueblo de Dios resplandezca en la gloria del Señor. Nos debe también llevar a investigar asiduamente cuál es el pensamiento de Cristo en cuanto a la senda que los creyentes han de seguir en el tiempo presente, para que, aunque no sea exactamente conforme a los pensamientos de ellos, sí esté, sin embargo, en perfecta armonía con Su voluntad presente tocante a ellos. Sabemos que era el propósito de Dios en Cristo reunir todas las cosas en Cristo, así las que están en los cielos como las que están en la tierra; reconciliadas consigo mismo en Él; y que la Iglesia debía ser, aunque necesariamente imperfecta durante Su ausencia, sin embargo, por el poder del Espíritu, el testigo de esto en la tierra, al congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Los creyentes saben que todos los que son nacidos del Espíritu tienen una unidad sustancial de pensamiento, de modo que se conocen mutuamente y se aman unos a otros como hermanos. Pero esto no lo es todo, incluso si se cumpliese en la práctica, pero no se cumple; porque ellos debían ser uno de tal manera que el mundo conociese que Jesús había sido enviado por Dios. En esto todos debemos confesar nuestro triste fracaso. No intentaré tanto aquí proponer medidas para los hijos de Dios, sino más bien establecer sanos principios; porque me resulta claro que ello tiene que provenir de la creciente influencia del Espíritu de Dios y de Su enseñanza invisible; pero tenemos que observar cuáles son los obstáculos positivos, y en qué consiste esta unión. En primer lugar, lo deseable no es una unión formal de los cuerpos profesantes exteriores; lo cierto es que es sorprendente que haya protestantes reflexivos que la deseen. Lejos de ser para bien, concibo que sería imposible que un cuerpo así pudiera ser reconocido de alguna manera como la Iglesia de Dios. Sería un duplicado de la unidad católica romana. Perderíamos la vida de la Iglesia y el poder de la Palabra, y la unidad de vida espiritual quedaría totalmente excluida. Sean cuales fueren los planes en el orden de la Providencia, nosotros sólo podemos actuar sobre la base de los principios de la gracia; y la verdadera unidad es la unidad del Espíritu, y tiene que ser obra de la operación del Espíritu. En medio de la gran oscuridad que prevaleció en la Iglesia hasta hoy, la división exterior ha sido un punto de apoyo principal no sólo de celo (como generalmente se admite), sino también de la autoridad de la Palabra, la cual es el instrumento de la vida de la Iglesia. La Reforma no consistió, como comúnmente se ha dicho, en la institución de una forma pura de iglesias, sino que se caracterizó por presentar la Palabra, y por exponer el gran fundamento y piedra angular cristiano de la «Justificación por la fe», en el cual los creyentes pueden hallar la vida. Pero si la perspectiva que he adoptado del estado de la Iglesia es la correcta, podemos concluir que es enemigo de la obra del Espíritu de Dios quien defienda los intereses de cualquier denominación particular; y que aquellos que creen en "el poder y la venida del Señor Jesucristo" (2.ª Pedro 1:16) debieran guardarse con el mayor de los cuidados de un espíritu así; porque éste está llevando de nuevo a la Iglesia a un estado ocasionado por la ignorancia de la Palabra y la falta de sujeción a ella, e imponiendo como un deber sus peores y más anticristianos resultados. Ésta es una de las más sutiles y predominantes perturbaciones de la mente: "él no nos sigue" (Marcos 9:38), aun cuando se trate de hombres verdaderamente cristianos. Que el pueblo de Dios advierta si no está obstruyendo la manifestación de la Iglesia por este espíritu. Yo creo que difícilmente haya alguna actividad pública de los hombres cristianos (al menos los de clases más altas, o de aquellos que son activos en las iglesias denominacionales) que no se halle infectada con este espíritu. Pero la tendencia de ello es evidentemente hostil a los intereses espirituales del pueblo de Dios, y a la manifestación de la gloria de Cristo. Los cristianos son poco conscientes de hasta qué punto este espíritu domina en sus mentes; de cómo buscan lo suyo propio, y no lo que es de Cristo Jesús; de cómo aquél seca los manantiales de la gracia y de la comunión espiritual; de cómo estorba aquel orden al que acompaña la bendición: reunirse en el nombre del Señor. Ninguna congregación que no esté dispuesta a abarcar a todos los hijos de Dios sobre la base plena del Reino del Hijo puede encontrar la plenitud de la bendición, porque no la contempla —porque su fe no la abraza—. Donde dos o tres están congregados en Su nombre (Mateo 18:20), su nombre se halla grabado allí para bendición, por cuanto ellos están reunidos en la plenitud del poder de los invariables intereses de aquel reino perdurable en el cual tuvo a bien el glorioso Jehová glorificarse a sí mismo, y hacer conocer su nombre y su virtud salvadora en la Persona del Hijo, por el poder del Espíritu. En el Nombre de Cristo, por tanto, ellos, en la medida de su fe, penetran en los plenos consejos de Dios, y son "colaboradores según Dios". Por ende, cualquier cosa que pidieren, les será hecho, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Pero los lazos de comunión que no son constituidos según el alcance de los propósitos de Dios en Cristo, destruyen el mismo fundamento sobre el cual descansan estas promesas, así como su propia consistencia. No quiero decir que los tales no puedan hallar alguna pequeña medida de alimento espiritual, el cual, aunque generalmente de carácter parcial, pueda ser adecuado para fortalecer su esperanza de vida eterna. Pero la gloria del Señor es algo que cala hondo en el alma creyente, y, en la medida que la busquemos, será hallada la bendición personal. Esto me hace pensar (pues todos sin duda tienen alguna porción distinta de la forma de la Iglesia) en aquellos que repartieron entre sí los vestidos del Salvador; mientras que aquella túnica interior, que no podía ser rasgada, la cual era inseparablemente una en su naturaleza, sobre ella echaron suertes, para ver de quién sería. Pero mientras tanto, Su nombre, la presencia del poder de esa vida que les habría de unir a todos en el orden adecuado, es dejado expuesto y deshonrado. Me temo por cierto que estos vestidos hayan caído demasiado en las manos de aquellos que no le quieren, y que el Señor nunca más se vestirá de ellos, si los consideramos en su estado presente. En verdad, no podía ser cuando aparece en Su gloria. No lo digo con presunción ni con antipatía (pues el oprobio de ello es una carga penosa, un pensamiento humillante y sumamente desconsolador), pero hemos aprendido a confiar demasiado en aquel segundo templo, que había sido levantado por la gracia de Dios tras el largo cautiverio Babilónico, diciendo "templo de Jehová, templo de Jehová es este". Hemos sido altivos a causa del monte santo del Señor; lo hemos contemplado como adornado con piedras preciosas y con dones; y hemos dejado de mirar al Señor del templo: casi hemos dejado de andar por la fe y de tener comunión con la esperanza del retorno del mensajero del pacto para que sea la gloria de esta casa postrera. El espíritu inmundo de la idolatría puede haber sido expurgado; sin embargo aun queda la importante pregunta: ¿Está la presencia eficaz del Espíritu del Señor allí, o está la casa meramente desocupada, barrida y adornada? Si hemos sido bendecidos en todo respecto, ¿no estamos ignorando a Aquel de quien lo hemos recibido todo, por soberbia y complacencia en nosotros mismos, y buscando que las cosas se tornen para nuestra propia gloria, en lugar de rendirle la gloria a Él? Amados hermanos del Señor —vosotros que le amáis con sinceridad, y os gozais cuando oís su voz—, pasemos ahora, pues, a considerar cuál es la exigencia práctica de nuestra situación presente. Sopesemos Sus pensamientos respecto de nosotros. El Señor ha dado a conocer Sus propósitos en Él, y la manera en que estos propósitos son llevados a cabo. Nos ha dado "a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia" en uno y en Cristo (Efesios 1). Sólo en él, pues, podemos hallar esta unidad. Pero la Palabra bendita (¿y quién puede ser lo bastante agradecido por ella?) nos informará aún más. En cuanto a sus miembros terrenales, se habla de "congregar en uno a los hijos de Dios que están dispersos" (Juan 11:52). Y ¿cómo es esto? En "que un hombre moriría por ellos". Como lo declara nuestro Señor en vista del fruto de la aflicción de Su alma: "Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir" (Juan 12:32). Es, pues, Cristo quien atrae a sí mismo, y nada que falte de esto o que sea menos que esto puede producir la unidad: "El que conmigo no recoge, desparrama" (Lucas 11:23), y él atraería a todos a sí mismo por haber sido levantado de la tierra. En una palabra, su muerte constituye el centro de la comunión hasta que vuelva otra vez, y en esto reside todo el poder de la verdad. Por ello, el símbolo y el instrumento exterior de la unidad es la participación de la Cena del Señor: "Nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan" (1.ª Corintios 10:17). Y ¿qué declara el apóstol Pablo acerca de la verdadera intención y el testimonio de este rito? Que "todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1.ª Corintios 11:26). Aquí encontramos, pues, el carácter y la vida de la Iglesia —aquello a lo que es llamada— aquello en lo que subsiste la verdad de su existencia y en lo cual solamente se encuentra la verdadera unidad. Es anunciando la muerte del Señor, por cuya eficacia fueron reunidos, la cual, asimismo es la semilla fructífera de la propia gloria del Señor; la cual, de hecho, es la reunión de Su cuerpo, "la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo" (Colosenses 1:23); y la anunciamos conscientes de la seguridad de Su venida, "cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron" (2.ª Tesalonicenses 1:10). Por consiguiente, la esencia y la sustancia de la unidad —que aparecerá en gloria en el momento de Su venida— es conformidad a Su muerte, por la cual toda esa gloria ha sido efectuada. Y como resultado se hallará que la "conformidad a su muerte", será nuestra propia estructura para gloria con Cristo en su manifestación, conforme al anhelo del apóstol: "A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, en conformidad a su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos" (Filipenses 3:10-11). ¿Tenemos fe en estas cosas? ¿Cómo la mostraremos? Por actuar de acuerdo con las directivas de nuestro Señor, las que se fundan en su divino conocimiento de los objetos de la fe. ¿Qué es lo que sigue a continuación de la declaración de nuestro Señor, en vista de su gloria, que ha de ser por Su muerte? "El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará" (Juan 12:25-26). El siervo es quien ha de ser honrado. Si queremos ser siervos, es necesario que lo seamos siguiendo a Aquel que murió por nosotros. Y al seguirle a él, nuestra honra será estar con él "en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles" (Lucas 9:26). A pesar de que la Iglesia esté disgregada por haberse hecho como un cuerpo de este mundo, y de un Despertar tan imperfecto al haberse descubierto la libre esperanza de gloria, es un motivo de profundo agradecimiento el hecho de que los creyentes tengan delante de sí un camino delineado en la Palabra, y de que, si bien aún no se nos ha concedido el privilegio de ver la gloria de los hijos de Dios, la senda de esa gloria en el desierto nos haya sido revelada. Tenemos la seguridad, en doctrina, de que la muerte del Señor, en quien vino el libre don, es el único fundamento sobre el cual el alma es edificada para gloria eterna. Por cierto que me dirijo únicamente a los que creen esto. Nuestro deber como creyentes es ser testigos de lo que creemos. "Vosotros", dice el Dios de los judíos por medio del profeta Isaías (43:10), "sois mis testigos", en su desafío a los dioses falsos; y como Cristo es el Testigo fiel y verdadero (Apocalipsis 3:14), así también debe serlo la Iglesia. "Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1.ª Pedro 2:9). ¿De qué, pues, ha de ser testigo la Iglesia, en contra de la gloria idólatra del mundo? Precisamente de esa gloria adonde Cristo ha sido exaltado, mediante la conformidad práctica con Su muerte; ha de ser testigo de su verdadera creencia en la cruz, por el hecho de ser ellos mismos crucificados al mundo, y el mundo a ellos. La unidad, la unidad de la Iglesia, a la cual "el Señor añadía cada día ... los que habían de ser salvos" (Hechos 2:47) fue tal cuando ninguno decía ser suyo nada de lo que poseía, y cuando "su ciudadanía estaba en los cielos" (Filipenses 3:20); porque ellos no podían ser divididos en esa común esperanza. Ello unía inevitablemente los corazones de los hombres. El Espíritu de Dios ha dejado constancia del hecho de que la división empezó acerca de los bienes de la Iglesia, aun en su mejor uso, de parte de aquellos interesados en ellos; porque allí cabía la posibilidad de división, allí cabían intereses egoístas. ¿Deseo yo que los creyentes corrijan las iglesias? Les estoy rogando que se corrijan a sí mismos, viviendo en conformidad, en cierta medida, con la esperanza de su llamamiento. Les ruego que demuestren su fe en la muerte del Señor Jesús, y que su gloria sea en la maravillosa certeza que han obtenido por medio de ella, conformándose a esa muerte, mostrando su fe en Su venida, y esperándola en la práctica mediante una vida conforme a los deseos que esta esperanza conlleva. Que ellos testifiquen contra la mundanalidad y la ceguera de la Iglesia; pero que sean consecuentes en su propia conducta: "Vuestra gentileza [lit., dulzura, moderación] sea conocida de todos los hombres" (Filipenses 4:5). Mientras que prevalezca el espíritu del mundo (y, estoy convencido de ello, muy pocos creyentes son conscientes de cuánto prevalece), no podrá subsistir la unión espiritual. Pocos creyentes son realmente conscientes de cómo el espíritu que abrió gradualmente la puerta al dominio de la apostasía, sigue arrojando su perniciosa y funesta influencia sobre la Iglesia profesante. Ellos piensan que porque han sido librados de su dominio mundano, quedan eximidos del espíritu práctico que le dio origen; y que porque Dios ha efectuado mucha liberación, deben estar por ello satisfechos. Pero nada podría dar un más claro testimonio de cuánto se han alejado del pensamiento del Espíritu de la promesa, el cual, teniendo ante sí el premio del supremo llamamiento de Dios, siempre prosigue hacia él, siempre busca "conformidad con Su muerte", a fin de alcanzar la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3:10). Ellos esperan al Señor, y, mirando a cara descubierta Su gloria, van siendo "transformados en la misma imagen de gloria en gloria" (2.ª Corintios 3:18). Pues, preguntémonos: ¿Está la Iglesia de Dios como los creyentes desearían tenerla? ¿Acaso no creemos que la Iglesia, como cuerpo, se ha alejado completamente de Él? ¿Está ella restaurada de modo que cuando Él se manifieste, sea glorificado en ella? ¿Es la unión de los creyentes de una naturaleza tal que el Señor la considera su característica peculiar? ¿No quedan impedimentos por quitar? ¿No hay un espíritu práctico de mundanalidad en esencial desacuerdo con los verdaderos fines del evangelio, a saber, la muerte y el retorno del Señor Jesús como Salvador? ¿Pueden los creyentes decir que obran según el precepto de que sea conocida su moderación de parte de todos los hombres? Creo que Dios está obrando por medios y modos poco conocidos; que está preparando "el camino del Señor, y enderezando sus sendas"; haciendo, mediante una combinación de providencia y testimonio, la obra de Elías. Estoy persuadido de que Él avergonzará a los hombres exactamente en las mismas cosas en que se han jactado. Estoy persuadido de que Él manchará la soberbia de la gloria humana, y que "la altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día. Porque día de Jehová de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, sobre todo enaltecido, y será abatido; sobre todos los cedros del Líbano altor, y erguidos, y sobre todas las encinas de Basán; sobre todos los montes altos, y sobre todos los collados elevados; sobre toda torre alta, y sobre todo muro fuerte; sobre todas las naves de Tarsis, y sobre todas las pinturas preciadas. La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día. Y quitará totalmente los ídolos. Y se meterán en las cavernas de las peñas y en las aberturas de la tierra, por la presencia temible de Jehová, y por el resplandor de su majestad, cuando él se levante para castigar la tierra" (Isaías 2). Pero hay una parte práctica que los creyentes deben realizar. Pueden poner sus manos en muchas cosas que en sí mismas son inconsecuentes en la práctica con el poder de aquel día —cosas que demuestran que los tales no tienen su esperanza puesta en este último—, con una conformidad con el mundo que demuestra que la cruz no tiene su propia gloria a sus ojos.Que ellos puedan sopesar estas cosas. Éstos no son sino puntos sueltos que pongo a vuestra consideración. Pero, ¿son ellos el testimonio del Espíritu, o no? Sometamos cada una de estas consideraciones a la prueba de la Palabra. Que la poderosa doctrina de la cruz sea testificada a todos los hombres, y que los ojos del creyente sean fijados en la venida del Señor. Pero no defraudemos a nuestras almas de toda la gloria que acompaña esa esperanza, por poner nuestros afectos en cosas que, según se demostrará, han tenido su origen en este mundo, y que terminarán con él. ¿Soportarán Su venida? Además, la unidad es la gloria de la Iglesia; pero una unidad para asegurar y promover nuestros propios intereses no es la unidad de la Iglesia, sino confederación y negación de la naturaleza y de la esperanza de la Iglesia. La unidad, esto es, la de la Iglesia, es la unidad del Espíritu, y sólo puede tener lugar en las cosas del Espíritu, y por ello sólo puede consumarse en personas espirituales. Tal es ciertamente el carácter esencial de la Iglesia, y esto testifica fuertemente al creyente acerca del estado actual de la Iglesia. Pero, pregunto, si la Iglesia profesante busca intereses mundanos, y si el Espíritu de Dios está entre nosotros, entonces, ¿podrá ser Él acaso el ministro de la unidad en tales ocupaciones? Si las varias iglesias profesantes la buscasen, cada una por sí misma, no hace falta dar ninguna respuesta. Pero si se unen en buscar un interés común, no nos engañemos; hay dos cosas que tenemos que considerar. Primero, ¿son los objetivos en nuestro trabajo, exclusivamente los objetivos del Señor, y ningún otro? Si no lo han sido en los cuerpos separados los unos de los otros, no lo serán en ninguna unión de ellos juntos. Que el pueblo del Señor sopese esto. En segundo lugar, que nuestra conducta sea el testigo de nuestros objetivos. Si no estamos viviendo en el poder del reino del Señor, ciertamente no seremos consistentes en la búsqueda de sus objetivos. Que esto cale hondo en nuestros pensamientos, mientras pensamos qué cosa buena podemos hacer para heredar la vida eterna, para vender todo lo que tenemos, tomar nuestra cruz, y seguir a Cristo. ¿No toca esto muy de cerca los corazones de muchos? Tengamos pues muy en cuenta las siguientes verdades: que las así llamadas comuniones —en cuanto al pensamiento del Señor acerca de su Iglesia— son desunión; y, de hecho, un repudio a Cristo y a la Palabra. "¿No sois carnales, y andáis como hombres?" "¿Acaso está dividido Cristo?" (1.ª Corintios 3:3) ¿Acaso no está dividido en lo que toca a nuestros corazones desobedientes? Les pregunto a los creyentes: "Pues habiendo entre vosotros divisiones ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" (1.ª Corintios 1:13). Es más, no existe entre vosotros ninguna unidad de que se haga profesión. En tanto los hombres se jacten en ser Anglicanos, Presbiterianos, Bautistas, Independientes, o cualquier otra cosa, son por ello anticristianos. ¿Cómo, pues, hemos de ser unidos? Contesto: tiene que ser la obra del Espíritu de Dios. ¿Seguís vosotros el testimonio del Espíritu en la Palabra en su aplicación práctica a vuestras conciencias, no sea que aquel día os tome desprevenidos? "En aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa; y si otra cosa (es decir: algo diferente) sentís, esto también os lo revelará Dios" y nos mostrará el buen camino (Filipenses 3:15-16). Descansemos en esta promesa de Aquel que no puede mentir. Que los fuertes soporten las flaquezas de los más débiles, y que no se agraden a sí mismos. Iglesias profesantes (y más aquellas instituidas por el Estado) han pecado grandemente al insistir en cosas de poca importancia y al estorbar así la unión de los creyentes; y de este cargo son gravemente culpables los dirigentes de las diversas iglesias. El orden, sin duda, es algo necesario; pero allí donde dicen: «Estas cosas son insignificantes y sin importancia en sí mismas; por lo tanto, vosotros tenéis que usarlas para complacernos a nosotros», la palabra del Espíritu de Cristo dice: «Son insignificantes; por lo tanto, cederemos a vuestra debilidad, y no pondremos tropiezo a un hermano por quien Cristo murió.» Pablo jamás habría comido carne, si al hacerlo hubiese herido la conciencia de un hermano débil, por más que el hermano débil haya estado errado. Y ¿por qué se insiste tanto en esas cosas a las que le restan importancia? Porque otorgan distinción y un lugar en el mundo. Si fuesen deshechos el orgullo de autoridad y el orgullo de separación (ninguno de los cuales son propios del Espíritu de Cristo), y si fuese tomada la Palabra de Dios como la única guía práctica, y los creyentes procurasen obrar en conformidad con ella, nos evitaríamos mucho juicio, aunque quizás no hallemos enteramente la gloria del Señor, y más de un pobre creyente, a quien el Señor tiene en vista para bendición, hallaría consuelo y reposo. Mas a los tales digo: No temáis, sabéis a quién habéis creído, y si en verdad vienen juicios, queridísimos hermanos, podéis alzar vuestras cabezas, "porque vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). Pero en cuanto a las iglesias (si todavía el Señor tuviese misericordia, pues él no podría aprobarlas en su estado presente, como todos debieran de admitir), júzguense a sí mismas por la Palabra. Que los creyentes quiten todas las cosas que estorban la gloria del Señor, ocasionadas por sus propias inconsistencias, y por las cuales se asocian al mundo, y pierden su discernimiento. Que tengan comunión los unos con los otros, que busquen la voluntad de Dios en su Palabra, y verán si no sigue la bendición; en todo caso la bendición les seguirá a ellos; encontrarán al Señor como aquellos que le han esperado, y que pueden regocijarse de corazón en Su salvación. Que empiecen por estudiar el capítulo doce de la epístola a los Romanos, si es que creen que son partícipes de la inefable redención consumada por la cruz. Permítaseme, en amor, hacer una pregunta a las iglesias profesantes. Muchas veces han declarado a los católicos romanos, y con verdad, su unidad en la fe doctrinal. ¿Por qué, pues, no hay una unidad real? Si ven errores los unos en los otros, ¿no deberían humillarse los unos por los otros? Pues, en aquello a que se ha llegado ¿por qué no seguir la misma regla, hablar la misma cosa?, y si en algún punto ha habido diversidad de pensamiento (en lugar de contender sobre la base de la ignorancia), ¿por qué no esperar con oración, a fin de que esto también se los revele Dios? Y aquellos que aman al Señor entre los tales, ¿no deberían procurar discernir las causas? Sin embargo bien sabemos que, hasta que no sea expurgado de en medio de ellos el espíritu del mundo, no puede haber unidad, ni pueden hallar los creyentes reposo seguro. Temo que no sea con "espíritu de juicio y con espíritu de devastación" (Isaías 4:4). Los hijos de Dios sólo pueden seguir una cosa: la gloria del nombre del Señor, y únicamente conforme al camino señalado en la Palabra; si la iglesia profesante se siente orgullosa de sí misma, y descuida este objetivo, no le queda otro recurso, sino seguir los mismos pasos del Señor, quien, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, "padeció fuera de la puerta"; y así ellos tendrán también que salir "a él, fuera del campamento, llevando su vituperio" (Hebreos 13:12-13). Bueno sería ponderar cuidadosamente los capítulos dos y tres de Sofonías. ¿Qué es lo que está pasando en Inglaterra en este momento, un momento de ansiedad y conflicto de juicio entre sus políticos e intelectuales? ¿Por qué vemos a las iglesias valiéndose de la abogacía de aquellos que no son creyentes (y lo digo sin menosprecio para ninguno), con el objeto de obtener alguna participación, o de mantener para sí, los beneficios temporales y los honores de ese mundo del cual vino el Señor para redimirnos? ¿Se asemeja esto a Su pueblo peculiar? ¿Qué tengo que ver yo con estas cosas? Nada. Pero como hay hermanos que se hallan asociados tanto con el uno como con el otro, cada uno que piensa en ello tiene que testificar con todas sus fuerzas, para que de una manera u otra pueda mantenerse libre de ello, a fin de que no sea avergonzado en el día de la venida del Señor. Y muchos en quienes el pueblo de Dios ha puesto su confianza, y en quienes ha contando como entendidos, siguen la misma ruta; y los simples, como los que siguieron a Absalón, siguen en pos de ellos, sin saber adonde van. Bien podemos creer lo que es esta abogacía. Pero qué sustituto miserable en lugar de apoyarse en el Señor Jehová, el Salvador, para la prosperidad espiritual de Su propio pueblo, con hermanos que llevan a cabo su servicio a los demás en la oración y en el ministerio por amor a Su nombre: mientras que, como bien podríamos suponer, los abogados de aquéllos los usan meramente como instrumentos que sirven para sus propios propósitos partidarios. Pero tales alianzas no pueden prosperar. ¿Qué debe hacer, entonces, el pueblo del Señor? Que esperen en el Señor, y que esperen según la enseñanza de Su Espíritu, y en conformidad a la imagen del Hijo por la vida del Espíritu. Que sigan su camino tras las huellas del rebaño, si desean saber dónde el buen Pastor apacienta su rebaño al mediodía (Cantares 1:7-8). Que sean seguidores de que, por fe y con paciencia, heredan las promesas (Hebreos 6:12), acordándose de la palabra: "Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos. Esperaré, pues, a Jehová, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob, y en él confiaré " (Isaías 8:16-17). Y si el camino parece oscuro entre ellos, que traigan a la memoria la palabra de Isaías: "¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios" (Isaías 50:10). Si me preguntan otra vez qué tengo yo que ver con ellos, sólo puedo contestar que tengo una ferviente solicitud por ellos; por los disidentes, a causa de su integridad de conciencia y, a menudo, su profunda comprensión de los pensamientos de Cristo; y por la Iglesia, si sólo fuera por amor a la memoria de aquellos hombres que, por mucho que hayan estado enredados exteriormente con lo que era ajeno a su propio espíritu y no hayan podido librarse de ello, sin embargo parecen haber bebido interiormente del Espíritu de Aquel que los llamó, más profundamente que cualquiera desde los días de los apóstoles; hombres en cuya comunión me regocijo con agradecimiento, a quienes me place honrar. Pero, ¿no hay ninguno que recuerde el espíritu que los caracterizó? Nosotros tenemos muchas ventajas que ellos no tuvieron. Quiera Dios manifestar el poder de su Espíritu en muchos para efectuar la obra entretanto se dice: Hoy. Quiera él quitar el espíritu soñoliento de los que duermen, y guiar en Su propia senda —una senda estrecha pero bendita, senda que conduce a la vida, la senda que transitó el Señor de la gloria— a aquellos a quienes ha despertado, para que caminen en la luz del Señor. Pero si alguno dijere: «Si usted ve estas cosas, ¿qué es lo que está haciendo usted mismo?» Sólo puedo reconocer profundamente las extrañas e infinitas faltas, y afligirme y lamentarme por ellas; reconozco la debilidad de mi fe, pero busco con fervor ser guiado. Y permitidme añadir, cuando tantos que debieran estar guiando, van por sus propios caminos, aquellos que habrían estado bien dispuestos a seguir se vuelven lentos y débiles, por temor a apartarse del camino recto, y su servicio queda impedido, aunque sus almas estén a salvo. Pero repito con la mayor solemnidad lo que he dicho antes: no se puede encontrar la unidad de la Iglesia hasta que la gloria del Señor sea el objetivo común de sus miembros, la gloria de Aquel que es el Autor y consumador de su fe; una gloria que tiene que ser dada a conocer en su resplandor cuando Él se manifieste, cuando la apariencia de este mundo haya pasado. Por lo tanto, debemos conducirnos conforme a la luz de esa gloria y empaparnos de ella cuando somos juntamente plantados en la semejanza de Su muerte. Porque la unidad, en su naturaleza esencial, sólo puede hallarse allí; a no ser que el Espíritu de Dios, quien congrega a los suyos, los congregue para fines que no son de Dios, y que los consejos de Dios en Cristo queden en la nada. El Señor mismo dice: "Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado" (Juan 17:21-23). ¡Oh, que la Iglesia pondere esta palabra, y compruebe si su estado actual no impide de necesidad que los miembros resplandezcan en la gloria del Señor, y estorbe el cumplimiento de aquel propósito para el que fueron llamados! Y yo les pregunto: ¿Buscan esto o lo desean en alguna medida? ¿O se sienten contentos con sentarse y decir que Su promesa ha fallado por completo y para siempre? Lo cierto es que si no podemos decir: "Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti" (Isaías 60:1), deberíamos decir: "Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en los siglos pasados. ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al dragón?" (Isaías 51:9). Seguramente que ojo no vio ni oído oyó lo que él prepara para aquellos que esperan en él. ¿Dará él su gloria a una división o a otra? O ¿dónde encontrará él un lugar para que su gloria repose en medio de nosotros? ¿o es que hallando vuestra vida en vuestras ocupaciones, no os sentís afligidos? No obstante, él seguramente habrá de reunir a su pueblo, y los demás serán avergonzados. He ido más allá de mi intención original en este artículo; si en algo he ido más allá de la medida del Espíritu de Jesucristo, aceptaré agradecido la reprensión, y ruego a Dios que ello sea olvidado. Dublín, 1828 -------------------------------------------------------------------------------- NOTAS [1] N. del T.— «Disidentes» o «no conformistas» eran aquellos que había abandonado la Iglesia Anglicana (El «Establishment»); pero en un sentido más amplio, el concepto se aplica a cualquiera de las iglesias denominacionales oficialmente reconocidas, tales como la Bautista, La Independiente, la Libre, la Congregacionalista, etc. [2] N. del A.— Dejo éstas y otras expresiones inexactas sin cambiar.

martes, 22 de febrero de 2011

Las siete deficiencias de las citas amorosas

Reconociendo las tendencias negativas

Por Joshua Harris

(Nota del editor: La palabra en inglés dating describe la costumbre norteamericana de salir con varios chicos o chicas con miras a encontrar el futuro cónyuge –o bien para divertirse. Cada región en la América Latina tiene su propia expresión para especificar esta práctica que ha descendido a la América Latina en los programas de TV y las películas. En Paraguay uno «está de festejo» o «está festejando». En Chile es el «pololeo». Este fascinante artículo, escrito por un norteamericano, ha observado las deficiencias y los peligros del sistema de dating o como el autor dice, «las citas amorosas a corto plazo» y nos quiere mandar una fuerte advertencia. En el futuro cercano el CB nos ofrecerá alternativas al sistema de citas a corto plazo.)

Cuando yo era niño, mi madre me enseñó dos reglas necesarias al ir de compras al mercado. La primera: nunca vayas cuando tengas hambre –todo te parecerá exquisito y por lo tanto gastarás más dinero de lo debido. Y la segunda regla: asegúrate de elegir un buen carrito donde poner los alimentos.

He podido dominar la primera regla, pero no he tenido mucho éxito con la segunda. Soy un experto en elegir carros oxidados que hacen demasiado ruido, o que las ruedas le chillan tanto que te hacen parar los pelos de punta.

De todos los carros malos que puedas escoger, el peor es el «descontrolado». Este tipo de carrito parece tener voluntad propia. Cuando deseas ir hacia adelante, el carrito insiste en virar a la izquierda y chocar con la exhibición de Coca Cola. El cliente que elija un «descontrolado» no puede estar en paz —la voluntad del cliente contra la voluntad del carrito.

¿Por qué les estoy hablando sobre los carritos en el supermercado cuando este artículo es sobre las citas amorosas y el noviazgo? Pues traigo a la memoria mi mala suerte con los carritos de compra, porque en
muchas ocasiones he tenido una lucha de voluntades similar en el noviazgo. No me refiero a conflictos con las chicas con quienes he salido. He luchado con todo el proceso como tal.

En base a mis experiencias y a lo que he estudiado en la Palabra de Dios, he llegado a la conclusión de que para el cristiano, las citas románticas son como el carrito descontrolado —un sistema de valores y actitudes que quieren ir en dirección diferente a la que Dios ha trazado para nosotros. Permíteme explicarte por qué.

El dominio propio no es suficiente

En cierta ocasión escuché a un pastor de jóvenes disertar sobre el tema del amor y el sexo. Contó una conmovedora historia sobre Eric y Jenny, dos jóvenes cristianos maduros que habían estado muy activos en su grupo juvenil unos años atrás. La relación entre Eric y Jenny había comenzado de manera muy inocente —ir al cine los viernes por la noche y caminatas en el parque. Pero a medida que pasó el tiempo, su relación física comenzó a acelerarse cada vez más, y terminaron durmiendo juntos. Poco tiempo después desanimados y heridos, decidieron romper con la relación.

El pastor que relataba la historia, se encontró con ellos unos años más tarde durante una reunión estudiantil. Jenny estaba casada y tenía un hijo; Eric estaba soltero. Sin embargo, ambos se acercaron al pastor por separado, y expresaron estar atravesando por un trauma emocional y luchando con sentimientos de culpa por los recuerdos del pasado.



Cuando el pastor terminó de contar la historia, no se escuchaba ni el más mínimo sonido. Todos se quedó esperábamos recibir algún tipo de solución. Todos conocíamos la realidad de la historia que acababa de relatar. Algunos habíamos cometido el mismo error o lo habíamos visto en las vidas de nuestros amigos. Todos estábamos deseando algo mejor, esperábamos escuchar del pastor lo que debíamos hacer, que nos diera una alternativa.

Pero esa tarde no nos ofreció otra alternativa Evidentemente él pensó que el único error que la pareja cometió fue ceder a la tentación, que deberían haber tenido dominio propio. Aunque el pastor nos alentó a considerar un resultado diferente —reservar el sexo para el matrimonio— en realidad no nos ofreció una práctica diferente.

¿Es esta la respuesta que necesitamos? ¿Comenzar en el mismo camino en el cual tantos otros han caído, con la esperanza de que en ese momento crítico, puedas desarrollar la habilidad de controlarte? Darles a los jóvenes este tipo de consejo es como darle a un individuo un carrito que está descontrolado, y enviarlo a una tienda llena de las más preciadas exhibiciones de cristal. ¿Podríamos esperar que la persona conducirá el carrito entre los pasillos, cuando realmente sabemos que siempre se sale del camino? Me parece poco realista.

Sin embargo, esto es exactamente lo que pretendemos en muchas de nuestras relaciones. El sistema americano de citas amorosas tiene problemas en su concepción. Es posible que las intenciones de Eric y Jenny fueran buenas, pero fundamentaron su relación de acuerdo a las actitudes y patrones poco saludables respecto al romance que se encuentran en nuestra cultura Lamentablemente continúan pagando las consecuencias aún cuando son adultos.

Los siguientes siete hábitos de las citas que no son saludables representan algunos de los desvíos repentinos que a menudo ocurren en los noviazgos. Quizá te puedas identificar con uno o dos de estos hábitos.

1. El noviazgo te lleva a la intimidad, pero no necesariamente al compromiso.

Jazmín era una estudiante de tercer año de la escuela secundaria. Su novio Tomás, era estudiante de cuarto año. Él representaba todo lo que Jazmín jamás deseó en un chico, y por espacio de ocho meses eran casi inseparables. Pero dos meses antes que Tomás se fuera a la universidad, le dio a Jazmín la repentina noticia de que ya no quería ser su novio.

Me contó Jazmín: —Terminar con Tomás, fue fue la cosa más difícil que jamás me había sucedido. A pesar de que en su relación física nunca hicieron nada aparte de besarse, Jazmín le había entregado su corazón a Tomás por completo. Él había disfrutado de la intimidad dentro de la relación mientras sus necesidades fueron atendidas, pero cuando llegó el momento de comenzar una nueva etapa en su vida, entonces rechazó a Jazmín.

¿Te suena familiar esta historia? Quizá has escuchado una historia similar de algún amigo, o tal vez la experiencia haya sido personal. Al igual que muchos noviazgos, Jazmín y Tomás, participaron de su intimidad sin haber pensado en el compromiso, o de qué manera ambos serían afectados al terminar la relación.

Le podríamos echar la culpa a Tomás por ser tan descarado, pero debemos primero hacernos una pregunta: ¿cuál es la verdadera intención detrás de la mayoría de los noviazgos modernos? A menudo estas relaciones alientan la intimidad la intimidad por sí misma, dos personas se unen sin la más mínima intención de establecer un compromiso a largo plazo.

Profundizar la intimidad sin profundizar el nivel de compromiso es muy peligroso. Muchas personas que experimentan profundo dolor al exponerse y hacerse vulnerables emocional y físicamente, sólo para ser abandonados por otros que dicen no estar preparados para establecer un compromiso más serio y formal.

La intimidad es una experiencia hermosa la cual Dios desea que disfrutemos. Pero Dios quiso que la intimidad sea el resultado de un compromiso basado en el amor. Quizá pienses que la intimidad entre un hombre y una mujer no es nada más que la decoración de un pastel de una relación que se dirige hacia el matrimonio. Si consideramos la intimidad desde este punto de vista, entonces la gran mayoría de los noviazgos modernos son pura decoración. Por lo general carecen de propósito o de un destino definido. En la mayoría de los casos, especialmente entre los adolescentes, el relación es a corto plazo y satisface las necesidades del momento. Las personas salen juntas porque anhelan disfrutar de los beneficios emocionales y aun físicos de la intimidad, sin la responsabilidad de un verdadero compromiso.

Es importante reconocer que este tipo de noviazgo no siempre ha existido. Veo las citas y el noviazgo a corto plazo, como el producto de la cultura americana la cual es motivada por todo lo que es entretenimiento y donde todo es desechable. Años antes de que la revistas populares comenzaran a ofrecerles a los adolescentes consejos sobre el noviazgo, las cosas eran completamente diferentes.

A principios del presente siglo veinte, un chico y una chica se involucraban románticamente sólo si estaban planeando casarse. Si un joven visitaba con frecuencia la casa de una joven, los familiares y amigos suponían que su intención era proponer matrimonio. Sin embargo, los cambios de actitud en la cultura trajeron cambios radicales. Las nuevas reglas dieron a las personas la oportunidad de darle rienda suelta a todas las emociones del amor romántico, sin la más mínima intención de casarse. El amor y el romance llegaron a convertirse en cosas que la gente podía disfrutar sólo por su valor recreativo.

Para los cristianos, este desvío brusco y negativo es la raíz de los problemas en el noviazgo. La intimidad sin compromiso despierta los deseos —emocionales y físicos— que en la pareja, ninguno de los dos pueden suplir correctamente. En 1 Tesalonicenses 4:6, la Biblia se refiere a esto como «defraudar» o engañar a alguien al elevar las expectativas de lo que puede ser, y no cumplir con lo prometido.

2. El noviazgo a corto plazo tiende a pasar por alto la etapa de la amistad.

Javier conoció a Lily en un retiro de la iglesia. Lily era una chica amigable, y gozaba de la reputación de tomar su relación con Dios muy en serio. Javier y Lily entablaron una conversación durante un juego de voleibol, y se estableció una amistosa relación. Javier no estaba interesado en una relación profunda, pero sí deseaba conocer mejor a Lily. Dos días después del retiro, la llamó y le preguntó si le gustaría ir al cine el próximo fin de semana, y aceptó.

Javier, ¿hizo lo correcto? Pues, en términos de conseguir una cita con una chica más, hizo lo necesario, pero si en realidad su intención era conocer mejor a Lily, más que seguro fracasó. Salir en pareja generalmente promueve pasar por alto lo que puede ser una amistad, para involucrarse en el romance demasiado pronto.

¿Has oído a alguien decir lo siguiente acerca de la posibilidad de salir con un viajo amigo?

—Él me invitó a salir, pero tengo miedo que si comenzáramos a salir en serio, arruinaría nuestra amistad.

En realidad, las personas que hacen declaraciones como esta, conscientemente o no, reconocen que las citas alientan las ilusiones románticas y desalientan la formación de una verdadera amistad. En una verdadera amistad no te sientes presionado al saber que te gusta la otra persona, o que tú le gustas a ella. Al estar con un amigo te sientes libre de ser tú mismo, y de participar en actividades juntos, sin pasar horas frente al espejo procurando verte perfecta.

El autor C.S. Lewis describe la amistad como dos personas que caminan una al lado de la otra y se dirigen hacia una meta común. Lo que los une son los intereses que tiene en común. Javier pasó por alto esta etapa de amistad, al invitar a Lily que compartiera con él una cita típica y poco prudente, porque llevarla al cine y luego a cenar enfatizaba su relación como pareja.

En una cita, la atracción romántica es a menudo la piedra angular de la relación. La premisa que se establece al salir en una cita es: Me atraes, por lo tanto vamos a conocernos. Si después de desarrollar una amistad, se desarrolla una atracción romántica, pues eso es beneficio adicional.

La intimidad sin compromiso es un agravio. Una relación fundamentada sólo en la atracción física y sobre sentimientos románticos, va a durar tanto como duren los sentimientos.

3. En la citas a menudo se confunde la relación física por amor

La intención de David y Ana nunca fue la de involucrarse románticamente en su primera cita. David no tenía «sólo una cosa en mente», y Ana no «esa ese clase de chica». Simplemente ocurrió lo que ocurrió. Habían ido juntos a un concierto, y luego se fueron a casa de Ana a ver un video. Durante la película, Ana hizo un chiste sobre los intentos de David de bailar durante el concierto. Él comenzó a hacerle cosquillas. La lucha juguetona entre ambos de pronto cesó, al hallarse mirándose a los ojos, mientras David se inclinada sobre ella en el piso de la sala. De besaron. Era como algo que habían visto en las películas. Se sentían tan bien.

Pudo haberse sentido bien, pero la prematura introducción del contacto físico a su relación añadió confusión. David y Ana en realidad no se conocían bien, pero de repente se sentían muy cerca el uno del otro. Al progresar su relación, mantenerse objetivo se hizo cada vez más difícil. Cada vez que intentaban evaluar los valores sobre los cuales descansaba su relación, inmediatamente venía a sus mentes la intimidad y la pasión presente en su relación física. «Es obvio que nos amamos», pensaba Ana. ¿Pero en verdad se amaban? Sólo porque dos labios se han tocado, no quiere decir que los corazones se han unido, y dos cuerpos que se atraen mutuamente no significa que dos individuos pueden convivir como pareja. Una relación física no es lo mismo que el amor.

Cuando consideramos que en nuestra cultura el «amor» y el «sexo» se consideran intercambiables, no nos debe sorprender la mayoría de los noviazgos modernos confunden la atracción y la intimidad sexual con el verdadero amor. Tristemente, muchos creyentes tienen este tipo de vínculos que refleja esta falsa manera de pensar.

Al examinar el progreso de la mayoría de las relaciones, podemos ver con claridad cómo es que la práctica de las citas y el noviazgo alientan esta sustitución. En primer lugar, como ya hemos dicho, este tipo de unión no siempre involucra un compromiso de por vida, por esta razón, muchas comienzan por la atracción física. La actitud fundamental es que los valores principales de una persona provienen de su apariencia física y su comportamiento durante la cita. Aun antes del primer beso, el aspecto físico y sensual ya ha tomado prioridad sobre la relación.

Segundo, a menudo la relación se dirige desenfrenadamente hacia la intimidad artificial. Debido a que este tipo de relación no requiere compromiso, las dos personas involucradas permiten que las necesidades y las pasiones del momento se vuelvan centrales. La pareja no se considera como posibles compañeros de por vida, o tampoco toman en cuenta las responsabilidades de un matrimonio. En vez de esto, se concentran en las demandas del momento, y es con este tipo de mentalidad que la relación física de la pareja puede fácilmente convertirse en el centro de atención.

Si un chico y una chica pasan por alto la etapa de la amistad, a menudo la lujuria se convierte en el interés que los une. Como resultado, la pareja juzga la seriedad de su relación basado en el nivel de la relación física. Dos personas que salen juntas anhelan sentir que son especial el uno para el otro, y pueden expresar esto concretamente a través de la intimidad física. Comienzan a distinguir su relación especial por medio de darse las manos, besarse y todo lo que le sigue. Es por esta razón que la mayoría de las personas creen que salir con alguien implica cierto nivel de participación física.

Centralizándose en el aspecto físico dentro de este tipo de vínculos, es simplemente pecado. Dios demanda pureza sexual, y lo hace por nuestro bien. Involucrarse con otra persona físicamente puede distorsionar la perspectiva que dos individuos deben tener el uno del otro y llevarlos a tomar decisiones poco sabias Dios también sabe que inevitablemente llevaremos con nosotros al matrimonio los recuerdos de las relaciones físicas pasadas. Él no desea que vivamos vidas llenas de culpa y remordimiento.

Relacionarse físicamente puede lograr que dos individuos se sientan muy cercanos el uno al otro. Pero, si muchas parejas evaluaran el enfoque en su relación, es probable que descubrirían que lo único que tienen en común es lo físico.

4. A menudo las citas aíslan a la pareja de otras relaciones vitales.

Durante el tiempo que Gabriel y Marta estuvieron saliendo, no tenían necesidad de nadie más. Gabriel no tuvo que pensarlo dos veces para dejar el estudio bíblico los miércoles por la noche, ya que esto significaba pasar más tiempo junto a Marta.

A Marta, por su lado, ni se le ocurría pensar en lo poco que hablaba con su hermana menor y con su mamá ahora que estaba saliendo con Gabriel. Tampoco se daba cuenta de que cuando hablaba con ellas, todas sus oraciones comenzaban con «Gabriel esto....» y «Gabriel dijo tal cosa....» Sin querer, ambos se habían desconectado de toda relación significativa.

Una cita amorosa, por definición propia, tiene que ver con dos personas que están centradas la una en la otra. Lamentablemente, en la mayoría de los casos el resto del mundo se desvanece en el fondo oscuro. Si en alguna ocasión te has sentido como un tercero que no pertenece al grupo, al salir con dos amigos que están de novios, sabes muy bien que lo que digo es cierto.

Cuando permitimos que una relación opaque todas las otras, hemos perdido toda perspectiva. Proverbios 15:22 dice: «Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo; mas en la multitud de consejeros se afirman». Si las decisiones que tomamos respecto a la vida, están fundamentadas sólo en la influencia de una sola relación, es muy probable que nuestras decisiones sean deficientes.

Debido a que las citas amorosas tienen se centran en los planes de la pareja; los asuntos de mayor importancia relativos al matrimonio, la familia y la fe probablemente están en peligro.

En su libro titulado Pasión y pureza (Passion and Purity), Elizabeth Elliot afirma: «A menos que un hombre esté completamente preparado para pedirle a una mujer que sea su esposa, ¿qué derecho tiene él de reclamar su atención en forma exclusiva? A menos que a ella le hallan pedido casarse ¿por qué razón una mujer sensata le ha de prometer a un hombre toda su atención?» ¿Cuántas personas son las que, al terminar con una relación romántica, se dan cuenta de que sus lazos de amistad con otras personas han sufrido daños?

Cuando Gabriel y Marta decidieron terminar con su relación, se sorprendieron al encontrar que sus lazos de amistad con otros amigos estaban en tan mal estado. Ninguno de ellos había invertido tiempo o esfuerzo en mantener sus amistades, mientras se concentraban en su relación amorosa.

Toda la atención que a menudo se espera en las relaciones amorosas, posee la habilidad de robarle a la gente la pasión por servir en la iglesia y de aislarlos de aquellos amigos quienes más los aman, de los miembros de su familia que son quienes los conocen mejor que nadie, y más triste aun, de Dios mismo, cuya voluntad es más importante que cualquier interés romántico.

5. Las citas, en muchos de los casos, distraen a los jóvenes adultos de su responsabilidad principal que es prepararse para el futuro.

Una de las tendencias más tristes causadas por las citas amorosas es la manera en que los jóvenes se distraen y no desarrollan las habilidades y destrezas que Dios les ha dado. En lugar de capacitarse con el carácter, la educación y la experiencia necesaria para tener éxito en la vida, son muchos los que permiten ser consumidos por las necesidades que se enfatizan en las citas.

Cristóbal y Estefanía comenzaron a salir juntos cuando ambos tenían quince años. Nunca se involucraron físicamente, y cuando terminaron la dos años más tarde, el rompimiento fue amistoso. Entonces ¿cuál fue el daño hecho? En cierto sentido ninguno, ya que ninguno de los dos se involucró en problemas. Pero podemos comenzar a ver algunos problemas al examinar lo que ellos pudieron haber hecho, si no hubiesen estado involucrados en una relación. Mantener una relación requiere bastante tiempo y energía. Cristóbal y Estefanía pasaron incontables horas hablando, escribiendo, pensando y a menudo preocupándose por su relación. La energía que invirtieron fue robaba de otros intereses. En cuanto a Cristóbal se refiere, la relación le robaba el entusiasmo por su pasatiempo favorito que era la programación de computadoras, y su participación en el grupo musical de su iglesia. Y aunque Estefanía no culpaba a Cristóbal, ella sí rechazó varias oportunidades de ir en grupos misioneros a corto plazo, porque no quería separarse de él. Su relación les robó el tiempo que ambos pudieron estar utilizando para desarrollar destrezas y explorar nuevas oportunidades.

6. El noviazgo y la citas pueden resultar en desacuerdo con el regalo de Dios de la soltería.

Dios nos da la soltería, una etapa en nuestras vidas, inigualable en oportunidades sin fronteras para poder crecer, aprender y servir, y sin embargo, lo consideramos como la oportunidad para estar entretenidos en el juego de encontrar y conservar novios y novias. Pero lo realmente hermoso de estar soltero no lo encontramos en correr tras el romance con todas las personas que nos sea posible; sino que lo hallamos al usar nuestra libertad para servir a Dios con total entrega.

La citas y el noviazgo a corto plazo producen insatisfacción simplemente porque alientan el mal uso de esta libertad. Dios ha colocado en la mayoría de los hombres y de las mujeres el deseo de casarse. Y a pesar de que no pecamos al pensar en el matrimonio, sí somos culpables de la mala mayordomía de nuestra soltería. Podemos ser hallados culpables al permitir que el deseo por algo que Dios obviamente no quiere aún para nosotros, nos robe la habilidad de gozar y apreciar lo que Él ya nos ha dado. Las citas representan el papel de fomentar esta insatisfacción, porque provee a los solteros la suficiente intimidad como para dejarlos deseando poder tener más. En lugar de disfrutar de las cualidades únicas de la soltería, el noviazgo a corto plazo y las citas enfatizan aquello que los jóvenes aún no tienen.

7. Las citas crean un ambiente artificial para la evaluación del carácter
de la otra persona.

Los jóvenes que sinceramente desean descubrir si alguien está apto para el matrimonio, deben comprender que la manera en que generalmente se llevan a cabo las citas son un impedimento para este proceso. Este tipo de salidas crean un ambiente artificial en el cual dos personas se han de conocer y como resultado, podrán fácilmente proyectar una imagen igualmente artificial.

Las citas crean un ambiente artificial en el cual no es necesario que la persona manifieste claramente sus características positivas y negativas. Durante una cita, cualquier individuo puede cautivar el corazón de la persona con quien ha salido. Ser encantador en una cita nada dice sobre su carácter o su habilidad para llegar a ser un buen esposo o esposa.

Parte de la razón por la cual las citas son divertidas, es porque nos provee de un descanso de lo que es la vida real. Pero dos personas que estén considerando seriamente la posibilidad de casarse, necesitan estar seguros de no relacionarse sólo con el aspecto divertido y romántico del noviazgo. Su prioridad no debe ser alejarse de la vida real; ¡van a necesitar una fuerte dosis de realidad objetiva! Necesitan conocerse el uno al otro en el ambiente real compuesto por amigos y familiares.

Ambos necesitan verse sirviendo y trabajando. ¿Cómo se relaciona él con las personas que lo conocen mejor? ¿Cómo reacciona ella cuando las cosas no funcionan a la perfección? Al considerar quién será nuestro futuro compañero, necesitamos encontrarle respuesta a este tipo de preguntas, que no serán contestadas durante ni por medio de las citas.

Los viejos hábitos no mueren con facilidad

Los siete hábitos de las citas amorosas que no son saludables revelan que no podemos arreglar muchos de los problemas que se nos presentan en las citas y en los noviazgos a corto plazo, con reorganizar el sistema. Yo creo que en las salidas existen tendencias peligrosas, las cuales no desaparecerán sólo por el hecho de que un cristiano es quien la maneje. También aquellos cristianos que pueden evitar los abismos del sexo premarital y los rompimientos traumáticos, con frecuencia consumen mucha energía luchando contra la tentación.

Pienso que por demasiado tiempo nos hemos enfrentado al tema de las relaciones usando la mentalidad y los valores del mundo. No perdamos más tiempo luchando contra el carrito descontrolado. Es hora de adoptar una nueva actitud y una nueva práctica.

lunes, 21 de febrero de 2011

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jueves, 17 de febrero de 2011

LA ESTRATEGIA DE SATANÁS.. Como conocerla y vencerla

















Este libro habla de Satanás, y de la estrategia que él utiliza para arruinar la vida cristiana que usted tenga y, si es posible, destruirle. En el Antiguo Testamento encontramos a cuatro personas que tuvieron un enfrentamiento directo con Satanás. A partir de sus experiencias, aprendemos cosas como: los objetivos de su vida a los que apunta Satanás; las armas que utiliza para atacarle; los propósitos que aspira a conseguir, y las defensas que
Dios pone en manos del cristiano.
Le invito a que por favor recuerde que este libro constituye un manual bélico para el soldado cristiano. No es una lectura devocional para el cristiano que se ha "ausentado sin permiso" de las filas. Es una guía tremendamente seria para el cristiano comprometido, que se ve inmerso en el campo de batalla y quiere aprender cómo salir victorioso. Le ruego que no lea estas páginas a toda velocidad. Léalas cuidadosamente, sobre todo las muchas citas extraídas de la Palabra de Dios. Pídale al Espíritu Santo que le ayude a comprender y asimilar esas verdades.
En estos capítulos no encontrará "paja". Estos estudios representan las verdades esenciales, los fundamentos sólidos como la roca, de lo que Dios me ha enseñado acerca de la batalla en que se haya inmerso el cristiano, después de haber pasado muchos años de estudio y combate. He puesto en práctica estas verdades en mi propia vida y en mi ministerio.

No cabe ninguna duda de que Satanás hará todo lo que pueda para impedir que usted se beneficie de este libro. Le distraerá, le hará perderse en caminos secundarios. Intentará confundirle, o quizá hacer que usted critique lo que lee. Se las arreglará para interrumpir su lectura. Le sugiero que pida ayuda y protección al Señor mientras estudie estas páginas. "Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo" (1 Jn. 4:4).
Desde un punto de vista posicional, usted está en Cristo, y está libre del poder de Satanás. . . el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo. Col. 1:13
Mi objetivo en este libro es el de ayudarle a experimentar esta victoria de una forma práctica. Las verdades contenidas en estas páginas no le servirán de nada si no las pone por obra. Satanás disfruta viendo a los cristianos cargándose de todo tipo de conocimientos intelectuales sobre la victoria, sin que éstos redunden en sus corazones, porque esto crea en los creyentes una falsa sensación de seguridad, lo cual los convierte en presa fácil de Satanás.
Lo que le proporcionará bendición no es leer estas verdades, ni siquiera disfrutarlas. Lo que supondrá una bendición en su vida es practicar esas verdades. Por consiguiente, con la ayuda del Espíritu, determine poner por obra tales cosas. Recuerde: no está luchando por la victoria, sino desde ella, ¡porque Jesucristo ya ha derrotado a Satanás!


... y despojando a los principadosya las potestades [poderes satánicos], los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz [por medio de
Cristo]. Col. 2:15

Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Jn. 12:31
Y ellos le han vencido fa Satanás] por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hastilla muerte.
Ap.12:11



WARREN W. WIERSBE


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Warren W. Wiersbe LA ESTRATEGIA DE SATANAS

"Tesoros valiosos para tu vida cotidiana"



-"Aunque careces de sol y estás rodeado de dificultades ten presente que esto ha sido sabiamente ordenado para ti. Quizás un verano largo te hubiese convertido en tierra seca y estéril. El Señor sabe lo que más conviene y tiene a su disposición las nubes y el sol."

-"Nadie puede servir a dos señores. Muchas de las dificultades al desear vivir una vida cristiana parten del hecho de querer vivirla a medias." (H. Drummond)

-"El principio de la inquietud es el fin de la fe, y el comienzo de la verdadera fe es el fin de la inquietud." (Jorge Müller)

-"El diablo no está nunca demasiado ocupado para dejar de mecer la cuna de un cristiano adormecido."

-"En la oración es preferible que participe el corazón y falten las palabras, que no el que suenen éstas y no tome parte el corazón." (Juan Bunyan)

-"Retírate y lee tu Biblia si quieres ponerte alegre y gozoso." (Juan Bunyan)

-"Ama a tu prójimo como a ti mismo también implica orar por los demás como por nosotros mismos."

-"En todas partes oigo a los hombres orar por más fe, pero cuando les escucho cuidadosamente y voy al fondo de su oración, con mucha frecuencia hallo que no es fe lo que desean, sino un cambio de la fe en cosas visibles." (Philips Brooks)

-"Todos tenemos tentaciones, pero algunas personas las hospedan. Parece que les gusta ser tentadas. Si persigues a un ratón con la escoba, notarás que el ratón no se queda parado mirando la escoba, sino que busca un agujero. ¡Quita los ojos de la tentación y ponlos en Cristo!" (Billy Graham)

-"Nunca empiezo mi trabajo por la mañana sin pensar que quizás Él lo interrumpa durante ese día para empezar el suyo. No espero la muerte. Le espero a Él." (Campbell Morgan)


-"Saulo de Tarso fue, sobre todo, hombre de una voluntad resuelta... Sin embargo, a pesar de su vigorosa personalidad, fue sólo un eco de Jesucristo." (W. Griffith)

-"El sometimiento a la voluntad divina es la almohada más blanda en que podemos acostarnos"

-"¿Pienso en la vida en términos de mis limitaciones o de mis posibilidades? Lo primero me hace infeliz; lo segundo me llena de gratitud a Dios y de eficacia en su servicio."

-"Procuremos ser justos en todas las cosas: en nuestros negocios, en nuestro juicio sobre los demás, en nuestro trato con el prójimo, en nuestro carácter personal. Un Dios justo jamás podrá bendecir transacciones injustas."

-"Cada promesa de Dios se halla bajo cuatro columnas: Su justicia o su santidad, que no le permite engañar; su gracia o bondad, que no le permite olvidar; su inmutabilidad, que no le permite cambiar, y su omnipotencia, que le habilita para cumplirla."

-"La duda puede tal vez romper los ejemplares del pacto que con Cristo habéis concertado; pero Él tiene el original en el cielo, consigo mismo. Vuestras dudas y temores no forman parte alguna del pacto, ni tampoco pueden hacer cambiar a Cristo."

"De seguro es un día perdido aquel en que tal vez hemos sido muy sueltos en nuestra conversación mundana, pero nos hemos descuidado de hablar de Cristo."

"Mi vida depende de un único hilo, pero ese hilo está en la mano de mi Padre."

"A los que son objeto del amor de Cristo, nunca Él los abandonará; porque los perdonó siendo enemigos, y no los desamparará ahora que son amigos."

"La consagración es dejar a Dios que use lo que es suyo. No es entregarle algo que era nuestro y que pudiéramos haber retenido; es simplemente reconocerle a Él por Señor."

"El Espíritu Santo no puede llenar a un hombre que está lleno de sí mismo"

"Pensad más y hablad menos. Hablad más y corred menos. Mereced más y requerid menos. Preferid ser dignos de alabanza que ser alabados. Reconoced que el carácter vale más que la reputación y que la hombría pesa más que el dinero."
"Reprender pequeñas faltas con excesiva vehemencia, es tan absurdo como sacudir un martillazo en la frente de nuestro amigo para espantarle una mosca."

"Hay siempre tanto horizonte delante de nosotros como detrás. Y cuando hayamos estado contemplando el rostro de Jesús durante milenios, su hermosura será tan exuberante, fascinante e insondable como cuando lo vimos por primera vez desde la puerta del Paraíso." (F. B. Meyer)

"Solamente cuando escudriñamos la vida desde el punto de vista divino, la vemos tal como es."

"Dios te hizo tal como eres y te colocó donde estás. Algunas personas siempre contemplan el pasto al otro lado de la cerca porque piensan que es más verde. Pasan tanto tiempo deseando que las cosas fueran distintas de lo que son, que descuidan todas las ventajas y oportunidades que se les presentan en el lugar donde están."

"Como el compositor musical, Dios está componiendo una armonía grandiosa con los puntos y manchas negras de nuestras vidas. No le seamos un obstáculo en este trabajo magnífico."

"La creación es un monumento al poder de Dios y un espejo en el que podemos ver su sabiduría."

"Una fe activa puede dar gracias a Dios por una promesa, aunque no haya sido cumplida, porque sabe que las obligaciones de Dios valen mucho más que las obligaciones del tesoro nacional, con respecto al papel moneda que se halla en circulación."

"No des a tu lengua mucha libertad, no sea que te aprisione. Una palabra no dicha es como la espada dentro de su vaina; pero dicha, tu espada está en manos de otro. Si deseas ser tenido por sabio, sé tan sabio que detengas tu lengua."

"Dios obrará maravillas si aprendes el misterio de su silencio, y alabas su bendito nombre cada vez que Él retira sus dádivas para que conozcas mejor al Dador."

"Reformamos inconscientemente a otros, cuando andamos bien nosotros mismos."

"La persona que fielmente lucha con el mundo, la carne y el diablo, no tiene tiempo de meterse en vidas ajenas."

"Si quieres tener influencia sobre otras personas, aprende a dominar bien al hombre cuya cabeza está dentro de tu sombrero."

"Cristo viene con una bendición en cada mano: perdón en la una, y santidad en la otra. Y nunca da una de las bendiciones al que no quiere tomar ambas."

"Nosotros, que no somos más que pasajeros en el buque de nuestra propia vida, no debemos entrometernos en lo que concierne al mapa y la brújula. Dejad solo, en su propio trabajo, al diestro Piloto."

“Si los cristianos vivieran más cerca de Dios, no encontrarían dificultad alguna en amarse unos a otros.”

"Fe es creer lo que no vemos, y la recompensa de esta fe consiste en ver lo que creemos."

"La mano confiada del hijo miedoso puesta en la del padre hace de la situación difícil del niño un deleite para éste. Si ello ocurre dentro de nuestra limitada fortaleza, ¿qué serán nuestras dificultades para el Omnipotente Padre que tenemos en los cielos?"

miércoles, 16 de febrero de 2011

¿LIBRE ALBEDRÍO O ESCLAVITUD DEL ALBEDRÍO?

El siguiente estudio ha sido tomado de la siguiente pagina: www.verdadespreciosas.com.ar

Léalo completo desde aquí:
www.verdadespreciosas.com.ar/documentos/Editor/libre_albedrio.htm



¿Libre albedrío o “no depende del que quiere”?


La pregunta que planteo es muy importante para definir qué creemos del pecado, de la gracia soberana de Dios y de la responsabilidad del hombre. ¿Enseña la Biblia que el hombre tiene un «libre albedrío»? ¿O más bien enseña que está muerto en delitos y pecados, necesitando que la gracia soberana le de vida?

¿Qué es el «libre albedrío»? Muchos, aparte de la Filosofía, enseñan la doctrina del «libre albedrío», esto es, una supuesta capacidad del hombre natural de no estar enteramente perdido, sino de poder (y querer, por cierto) arrepentirse y creer a Dios. Se dice que el hombre cuenta con la capacidad moral de tomar decisiones agradables a Dios y de hacer la elección de dirigir su alma a Dios en obediencia a Él, y que estas decisiones son realizadas libremente por la voluntad del hombre natural.


Pregunta clave para ver qué cree Ud. sobre este tema


A la luz de las Escrituras, preguntamos: ¿Puede, es capaz, un pecador nacido de Adán, que no ha nacido de nuevo, desear el don de la salvación? ¿quiere, un inconverso, ser salvo? Si Ud. responde afirmativamente, entonces tiene la noción «arminiana» de estas doctrinas de la gracia; mientras que si responde negativamente, ello significa que es de percepción «calvinista». Pero dejemos para más adelante estos términos pertenecientes a escuelas teológicas, y centrémonos en la enseñanza bíblica del asunto.



Veamos una serie de notas sobre este importante tema de la gracia, que seguramente ayudarán a entenderlo más ampliamente.

Introducción

La mente natural es incapaz de reconciliar la verdad bíblica de que el hombre natural no tenga un libre albedrío, y sea a su vez tenido como responsable por Dios de obedecerle. Entiéndase por libre albedrío la libertad del albedrío o voluntad para elegir el bien.



Pero para que la criatura sea capaz de tomar la voluntaria decisión de arrepentirse, creer a Dios y obedecerle, es menester que primero desee hacerlo, que quiera creer. Nadie puede tomar una decisión de creer a Dios sin primero quererlo. La cuestión es si el hombre natural, está dotado de esta facultad (1.ª Corintios 2:14). El hombre nacido de nuevo, que ha recibido la vida de Dios en él, y que es una nueva criatura, evidentemente sí tiene la nueva facultad de elegir el bien, el buen deseo de creer y obedecer a Dios, pero veamos qué pasa con el hombre aún no regenerado. Leamos Romanos 8:7

“Los designios (griego: phronema = mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”

La carne no puede querer a Dios en ningún sentido. Además, es incapaz de ello: “no puede”. Esta Escritura no sólo señala esta verdad, sino también que es la mente de la carne la que predispone y controla al hombre natural en sus acciones.

DOS ERRORES COMUNES

Hay dos grupos de citas bíblicas que se presentan en pro y en contra, pues se han formado históricamente dos escuelas de pensamiento sobre este tema.



Una escuela teológica (comúnmente llamada hoy “arminianismo”) enseña que el hombre es un ser responsable, y que será castigado eternamente por desobedecer el Evangelio. Las citas son numerosas. Por ejemplo:

“Dios... manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30)

“...para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1:9).

El Evangelio es predicado y Dios manda a toda criatura a creer en él. Hasta aquí está todo bien, y podemos decir ¡amén! a esta gran verdad bíblica y a todas las citas que enseñan esto. Pero la inferencia del sistema es que estos textos señalarían que el hombre es capaz de obedecer, de arrepentirse y creer, lo cual aplastaría el otro grupo de textos bíblicos que señalan que no es así. Por lo tanto, creemos en la verdad señalada por esta escuela teológica, pero no en su inferencia.

La otra escuela opuesta, por otro lado (comúnmente denominada «calvinista») cita otro grupo de textos que indican que el hombre es incapaz, impotente de querer ir a Dios en obediencia a la fe. Que si del hombre dependiera, éste jamás podría ir a Dios, por más que fuese expuesto a la luz de las Escrituras que le muestran su miseria, ruina y tenebroso estado totalmente perdido bajo el pecado, y que sólo la gracia soberana de Dios puede salvarlo por el poder del Espíritu Santo.



Hasta aquí, todo es correcto, la Biblia lo demuestra claramente. Pero la inferencia de que el hombre no es responsable debido a su incapacidad de dirigir su alma a Dios con fe, es escrituralmente errónea. La enseñanza es correcta, la inferencia, incorrecta.

EQUILIBRIO DE LA VERDAD

La fe, que viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17) cree ambos grupos de textos bíblicos. Tanto calvinistas como arminianos denuncian que esto es lógicamente inconsistente, pues aceptar ambos sería, según ellos, una contradicción. Por tal motivo, cada una de las dos escuelas resuelve la alegada contradicción a su propia manera racional: con las inferencias lógicas que deducen de ambos grupos de pasajes.



Lo cierto es que la Palabra de Dios enseña tanto que el hombre no es un ser libre en su albedrío para decidir el bien, sino sólo el mal (es decir, que el hombre es impotente y esclavo de su albedrío), como que es totalmente responsable de obedecer la Palabra de Dios. Quiero aclarar en qué sentido digo que el hombre no tiene «libre albedrío», tal como lo define la Filosofía natural: quiero significar que el pecador sin haber nacido de nuevo carece de la capacidad moral de tomar decisiones o hacer una elección de manera que dirija su alma a Dios en obediencia a él. Decisiones que son el libre producto de su voluntad. Estas decisiones y capacidad para obedecer a Dios, la tiene perfectamente el hombre renacido, pues ha sido dotado de una nueva voluntad, de la naturaleza divina que “no practica el pecado”. Pero no puede decirse lo mismo del viejo hombre, que sólo inclina su albedrío hacia la desobediencia y el rechazo de Dios en incredulidad.


Os invito, pues, a leer una serie de estudios sobre este tema, donde veremos las bases bíblicas que sustentan lo dicho. Dios mediante, dividiremos los estudios así:



1. El hombre está moral y espiritualmente muerto (Efesios 2)

2. El hombre es responsable: aunque responsabilidad no implica capacidad

3. Dios da vida en forma soberana (Efesios 2:5; Juan 5:21; 6:63; Santiago 1:18, etc.).

4. ¿Por qué predicar el Evangelio si no hay libre albedrío? (2.ª Timoteo 2:10)

5. Endurecimiento (caso de Faraón)

6. Un poco de historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»





EL HOMBRE ESTÁ MORAL Y ESPIRITUALMENTE MUERTO

“1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:1-10).

La «seguridad eterna» del creyente es una verdad íntimamente relacionada con el tema que tratamos, y es enseñada también en la Escritura (p. ej., Juan 10:27-29). Pero esta doctrina también resulta del hecho de que el hombre no tiene «libre» albedrío. Pues la Escritura establece con meridiana claridad que el hombre no renacido “está muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1), y que es Dios quien salva soberanamente y da vida (Efesios 2:1,5) y fe (Efesios 2:8), y, además, es quien guarda con seguridad (1.ª Pedro 1:5 y Judas 24).


Ahora bien, estamos de acuerdo con aquellos de arminiana persuasión en el hecho de que la doctrina de la «seguridad eterna del creyente» es incompatible con «el libre albedrío» tal como aquellos lo entienden (como “poder propio de decisión”). Es simple, si de la decisión del hombre depende el hecho de salvarse, una vez “salvos” por voluntad propia, bien se puede “dejar de ser salvos” por voluntad propia también. Lógicamente perfecto.


Pero la Escritura, lo repetimos, declara nuestro estado anterior al nuevo nacimiento como de “muertos en delitos y pecados”. ¿Creeremos esto tal cual está? Pero pregunto: ¿Cómo puede un hombre “muerto” creer? La respuesta simple, a la luz de esta explícita Escritura, es que un hombre muerto es incapaz de creer por su propia voluntad. Pues este hombre natural, está “muerto en delitos y pecados”; ¿cómo, pues, podrá creer la Palabra de Dios, y querrá obedecerla? Muerto, significa eso mismo: muerto. Por eso en ese mismo versículo 1 de Efesios 2 encontramos una aclaración: aquellos que estaban muertos, fueron hechos vivos por Dios. Es evidente que nada puede ser vuelto vivo, si no estuviese muerto primero. El hecho es que el pecador perdido está moral y espiritualmente muerto delante de Dios.

LA ANALOGÍA CON LA MUERTE DE LÁZARO

La analogía de esto con Lázaro es sorprendente. En Juan 11:43, el Señor clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!”. Fue una voz alta, pero no para que Lázaro oyese mejor, pues estaba muerto; sino que lo fue en beneficio de la multitud que estaba alrededor (v. 42). ¿Cómo oyó Lázaro, si estaba muerto? ¿Cómo pudo obedecer la Palabra del Señor? ¿Acaso la orden del Señor implicó capacidad de respuesta/obediencia en el muerto Lázaro? ¿Acaso la voluntad de Lázaro cooperó en alguna medida con nuestro Señor para su reavivamiento? Obviamente que no.


Cristo pronunció la palabra de poder, y Lázaro recibió la vida. Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Y así como el Señor manda al muerto físicamente, así también manda a los muertos espirituales (2.ª Corintios 4:6; Efesios 2:1-8).


Doy gracias a Dios porque estando yo muerto en delitos y pecados, Él puso vida y fe en mí por medio de su Palabra, pues de lo contrario yo habría perecido eternamente.

OTRO ASPECTO DE MUERTE EN ROMANOS

Romanos tiene una perspectiva diferente de Efesios. Ve al hombre como vivo en pecado, pero esclavo del pecado (la carne), el cual opera en él; como sujeto a la ley del pecado y de la muerte (Romanos 6 y 7).


Esto muestra a la voluntad como completamente hostil hacia Dios. Romanos muestra que la voluntad se aleja de Dios y se dirige hacia el pecado invariablemente. Que el hombre no es libre en su albedrío, y que tiene por fin la muerte.


Efesios, en cambio, ve al hombre como muerto en pecados, y por ende con la necesidad de reavivamiento por parte de Dios. Esto muestra que el albedrío o voluntad está muerto de todo movimiento en dirección a Dios.

Ambos puntos de vista del estado del hombre perdido bajo el pecado (Romanos y Efesios) son simultáneamente ciertos, y muestran la irremediable ruina del hombre, a menos que Dios intervenga soberanamente dando vida y luz, allí donde hay muerte y tinieblas.
La enseñanza bíblica, pues, a la luz de estos textos, es que el hombre natural está moralmente muerto para con Dios y es incapaz de obedecerle con fe.



RESPONSABILIDAD ANTE DIOS DE TODO HOMBRE:

EL HOMBRE ES RESPONSABLE DE SUS ACTOS

Para tratar de debilitar el hecho de que el hombre perdido está “muerto en delitos y pecados”, los arminianos citan pasajes bíblicos que suponen que el hombre es un ser determinado libremente por su albedrío. Se suelen multiplicar los textos como prueba de esto, los que, en realidad no prueban la libertad del albedrío del hombre perdido. Además, nadie antes de la cruz siguió viviendo, lo que demuestra que el alegado libre albedrío no ha podido producir un resultado positivo. (Un autor arminiano cita, por ejemplo: Isaías 55:1; Mateo 11:28; Deuteronomio 30:19; Ezequiel 18:30; Mateo 11:21; Juan 3:18,19; Romanos 1:26, 28; Romanos 14:12; Romanos 2:6; Mateo 23:37; 1.ª Timoteo 2:4; Juan 5:40; Juan 8:24; Juan 1:12). Pero hay muchos textos bíblicos que demuestran que el hombre en realidad no tiene libertad de albedrío.

LAS ESCRITURAS DEMUESTRAN RESPONSABILIDAD, PERO NUNCA CAPACIDAD

¿Cómo debemos entender el grupo de pasajes que citan los arminianos? En primer lugar debemos observar que esos pasajes no nos dicen que el albedrío del hombre sea libre de decidir el bien.



Hay que tener en cuenta que los arminianos están en lo correcto en afirmar que el hombre es responsable. Pero su error estriba en la inferencia de que este hecho implica capacidad de determinación.


Es de suprema importancia advertir este punto. Pues se citan numerosos pasajes que demuestran que el hombre perdido es responsable ante Dios de obedecerle, pero se pretende, a partir de esto, haber demostrado con las Escrituras que el hombre tiene libertad de albedrío. Pero en realidad lo único que se ha demostrado con estas citas es que el hombre es responsable. Pero la inferencia lógica que deduce de ello (“capacidad de determinarse a sí mismo”), es simplemente contraria a otras numerosas Escrituras que prueban explícitamente que no hay tal capacidad.


No es preciso comentar cada uno de los textos citados por los arminianos, pues todos tienen el mismo denominador común: enfocan la responsabilidad del hombre perdido. Pero sí me voy a detener en el versículo tal vez más citado en apoyo de su posición: Deuteronomio 30:19 (comparen este versículo con: Ezequiel 3:21; 18:9, 21...; 20:11,21; 33:11; 2.º Crónicas 6:36; Salmo 130:3; proverbios 20:9).

¿PRUEBA DEUTERONOMIO 30:19 QUE EL HOMBRE ES CAPAZ DE ELEGIR LA VIDA ETERNA?

“... Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando a Jehová tu Dios, y siguiéndole a él...” (Deuteronomio 30:19,20).

Quienes citan esta escritura, ¿creen que “escoger la vida”, significa la vida eterna? Por empezar, el hombre en este contexto se hallaba, no bajo la gracia, sino bajo la ley. Lo que quiere decir esto en realidad es que si uno guardaba la ley, su vida natural habría de continuar: no moriría, no pagaría la paga del pecado que es la muerte (Romanos 6:23). Guardando la ley perfectamente, uno escogía la vida. Pero esto no podía dar vida divina ni producir el nuevo nacimiento en una alma. Así está escrito:

“¿Luego la ley de Dios es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gálatas 3:21).

“Vivificar” en este versículo es la misma palabra griega (aunque en otra forma verbal) que aparece en Efesios 2:5, y se trata de dar vida a quienes están muertos en delitos y pecados. La Escritura afirma, pues, que la ley no da vida. De modo que cuando Dios dijo “escoged la vida”, estaba hablando de la continuidad de la vida natural.

DIOS DIO LA LEY, PERO ¿IMPLICA ESO QUE EL HOMBRE FUERA CAPAZ DE CUMPLIRLA?

La posición que sostienen los arminianos es que el hombre tiene libre albedrío y es, pues, capaz de cumplir lo que Dios dice. Pero examinemos esto a la luz de la ley.



Dios dio la ley a Israel para que la cumpliese. Ahora bien, siguiendo el razonamiento del sistema arminiano, podríamos argüir:

¿Qué clase de Dios es éste que manda a los hombres a hacer lo que ellos no son capaces de hacer?

La respuesta que se ofrece es que Dios no manda nunca al hombre a que éste haga lo que no puede hacer, es decir, que Dios, según los arminianos, siempre “respeta” el supuesto «libre albedrío» del hombre pecador, que Dios nunca haría algo que violase la libertad del albedrío humano. Pero la ley es la prueba de que esta inferencia es incorrecta.

Sigamos un poco más con Deuteronomio.



El hecho patente es que ningún pecador jamás escogió la vida. Ningún pecador guardó la ley nunca. ¿Pruebas de ello?: todos han muerto físicamente. La dificultad no se halla en la ley (Romanos 7:10-12). La verdad es que el pecador perdido no puede escoger nunca la vida. Es más, no se trata sólo de que la muerte universal da testimonio del hecho de que el hombre no puede guardar la ley, sino de que la incapacidad del pecador perdido se halla expresamente establecida en la Escritura:


“Por cuanto los designios (lit. “la mente”) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).

“Ni tampoco pueden” son palabras que claramente expresan incapacidad. Dios, pues, dio la ley a Israel y le mandó que la guardase, pero sabía perfectamente que ello era imposible (hasta que llegara Cristo, el Hombre Perfecto, el único que guardó la ley sin tacha). Y ahí tenemos la prueba de que Dios manda a hacer cosas al hombre que éste no puede cumplir, que demuestran su incapacidad. Y ello prueba también que el hombre no puede obedecer, pero que, sin embargo, es responsable de obedecer.

Los judíos eran responsables de guardar la ley por cuanto Dios les ordenó que lo hicieran. Ellos ni lo hicieron ni lo pudieron hacer. Responsabilidad moral no necesariamente implica capacidad de cumplimiento. Ahora bien, la noción de que responsabilidad implica habilidad, constituye un elemento esencial del sistema arminiano, y sin este punto, todo el sistema construido sobre la base del supuesto libre albedrío humano colapsa.

Yo creo, pues, que es un hecho demostrado que Dios demanda del hombre lo que el hombre no puede cumplir. El hombre fue probado desde Adán hasta la cruz, demostrando su total fracaso, su incapacidad de obedecer a Dios y de escoger la vida. En la cruz, con el rechazo definitivo de Cristo, la prueba termina. En Cristo, ahora, la cosa cambia.



Pero siempre recalco el hecho de que a pesar de que el hombre no pueda cumplir, es, no obstante, tenido igualmente por responsable ante Dios.

INCAPACIDAD PARA PAGAR NO NOS LIBERA DE NUESTRA RESPONSABILIDAD

El hombre es responsable de obedecer, y es culpable de desobedecer, y su voluntad es hostil y perversa con respecto a Dios. Estas tres cosas son ciertas y es la enseñanza de la Biblia.
El hombre es moralmente depravado, incluso en su propia voluntad o capacidad de tomar decisiones para con Dios. El hombre ha fallado, a lo largo de la Historia, bajo toda prueba que Dios lo colocó: Adán, la era antediluviana, Israel, en fin, el hombre siempre demostró su incapacidad y fracaso. Tal es la lección del Antiguo Testamento, y muchos parecen no haberla aprendido. Negar el fracaso y la incapacidad humana, o decir que Dios no puede violar la voluntad de un pecador, equivale a elevar al hombre y rebajar a Dios. En nuestro próximo estudio, Dios mediante, examinaremos un conjunto de pasajes que demuestran que la única salida para el pecador perdido es que Dios lo fuerce a entrar por el camino de la salvación contra su propia voluntad (Lucas 14:23).



LA BIBLIA ENSEÑA LAS DOS VERDADES: EL HOMBRE ES ESCLAVO DE SU ALBEDRÍO Y A SU VEZ RESPONSABLE

La mente se cuestiona cómo puede un hombre ser tenido por responsable de sus pecados si no cuenta con libertad de albedrío. El hecho simple es que Dios lo tiene por responsable. Si la Biblia enseña esto, nuestro deber es creer ambas cosas, sin forzar la lógica ni inventar dificultades contra la revelación escrita. Reconozco que nuestra mente carnal se revela contra ambos hechos. Pero cada uno constituye una de las caras de la misma moneda: equilibrio de la verdad.

Pongamos un ejemplo de la vida práctica para ilustrar este principio:

«Los arminianos sostienen que nuestra responsabilidad depende de nuestro poder. Si yo le presté 100.000 dólares a alguien, y esa persona se los mal gastó en su totalidad, es obvio que no puede pagar, pero ¿acaso su incapacidad lo exime de su responsabilidad? ¡No! La responsabilidad depende del derecho de la persona que le ha prestado el dinero, no de la capacidad que ha malgastado injustamente el dinero» (J.N.Darby).

Veamos otro ejemplo ilustrativo del principio:

«Un hombre robó una oveja, y no tiene el menor deseo, ninguna “buena voluntad” de devolverla. Su firme decisión es quedarse con la oveja y comérsela. Mata a la oveja, y se come la mitad. Y piensa seguir comiéndose y disfrutar de la otra mitad. Tal es su albedrío, su propia decisión y voluntad. De repente, un policía abre la puerta y lo sorprende comiendo una pierna de la oveja, y con media oveja guardada en la heladera. El representante de la ley se dispone a arrestar al ladrón, cuando éste le argumenta: “Oh, no, mi estimado; confieso que robé la oveja. ¿No se da cuenta que ya la maté, que me comí la mitad, y que la otra mitad la tengo guardada en la heladera? ¿No ve que no tengo el más mínimo deseo de devolver ni siquiera lo que queda?” Ahora bien, ¿Podría mencionarme algún policía que dijera: “Oh, veo que puesto que Ud. no tiene el menor deseo ni la voluntad de devolver la oveja, ya no hay más responsabilidad”?» (C.H.M.).

EL LLAMADO DEL EVANGELIO OBLIGA A LA RESPONSABILIDAD

Para terminar esta parte, diré que el llamado del Evangelio también pone al hombre perdido bajo responsabilidad.

“Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden: a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida” (2.ª Corintios 2:15,16).

El Evangelio ha de ser obedecido (2 Tesalonicenses 1:8; Hechos 17:30), y el pecador que lo oye y lo desobedece es tanto más culpable. Para ellos es “olor de muerte para muerte”.

El pecador, pues, está muerto en delitos y pecados, y aunque su inclinación moral sea hacia lo malo delante de Dios y no puede creer, el llamado del Evangelio se dirige a su responsabilidad y sólo trae a luz cómo la muerte está operando en él.



DIOS DA VIDA SOBERANAMENTE

Puesto que el pecador está moralmente muerto, Dios tiene que intervenir soberanamente y “dar vida” al hombre. Ésta es la doctrina que encontramos en el capítulo 2 de la epístola a los Efesios (y que podemos comparar con Juan 5:21 y 6:63):

“Estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:5).

“Dar vida” es vivificar aquello que no tiene vida en ningún sentido, lo que está muerto. No incluye ninguna forma de cooperación del albedrío humano con Dios en esta milagrosa y soberana obra. Más bien es Dios el que inicia y el que obra “de su propia voluntad” (Santiago 1:18).



Dios pone fe en una persona como don (Efesios 2:8). Acerca de un verdadero creyente, Dios declara expresamente así:

“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

De modo que Dios llama a los muertos en pecados a la vida soberanamente, dándoles fe, a través de la Palabra (Romanos 10:17; Efesios 2:8). Somos hechura suya (Efesios 2:10). No se dice que la salvación sea la obra de Dios en cooperación con la obra nuestra, sino suya. Muchos no se dan cuenta de que tan pronto como introducimos la cooperación humana, aunque sea en el menor grado, elevamos el yo y, por consecuencia, deshonramos y rebajamos a Dios.

Esto ha sido muy bien ilustrado en el «cántico de los redimidos en el cielo». Se dice que en la eternidad habrá «dos cánticos»:

El que cree que “la salvación es de Jehová” solamente, cantará:

«¡Digno es el Cordero, que nos salvó!»

Mientras que los que creen que han colaborado en la obra redentora con su decisión y su fe, cantarán:

«¡Digno es el Cordero, y también nosotros!»

ESCRITURAS QUE DEMUESTRAN LA TOTAL INCAPACIDAD Y RUINA DEL HOMBRE

Hay escrituras que excluyen expresamente el albedrío humano, y que establecen que es el albedrío divino el que produce el nuevo nacimiento. Veamos algunas de ellas:

“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de VOLUNTAD DE LA CARNE, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

“NO PUEDE el hombre recibir NADA, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).

“NINGUNO PUEDE venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).

“NINGUNO PUEDE venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65; compárese con 17:2).

“¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque NO PODÉIS escuchar mi palabra” (Juan 8:43).


“El Espíritu de verdad, al cual el mundo NO PUEDE recibir” (Juan 14:17).

“Por cuanto los designios (lit. mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, NI TAMPOCO PUEDEN” (Romanos 8:7).

“Y los que viven según (lit. “en”) la carne NO PUEDEN agradar a Dios” (Romanos 8:8).

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que TODO designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo SOLAMENTE el mal” (Génesis 6:5).

“Porque el intento del corazón del hombre es MALO desde su juventud” (Génesis 8:21; compárese Eclesiastés 9:3).

“Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y PERVERSO; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).

“Estabais MUERTOS en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

“El mundo entero está bajo el maligno” (1.ª Juan 5:19).

“No hay justo, NI AUN UNO... no hay quien HAGA LO BUENO, no hay NI SIQUIERA UNO” (Romanos 3:10-20; compárese con Salmo 14:2-3).

“...Los hombres AMARON MÁS las tinieblas que la luz, porque sus obras eran MALAS” (Juan 3:19).

“Y TODOS a una comenzaron a excusarse... Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá... Y FUÉRZALOS A ENTRAR, para que se llene mi casa” (Lucas 14:18-23).

“Así que NO DEPENDE DEL Q UE QUIERE, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16).

“Él, de SU VOLUNTAD, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18).

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).

De estos textos bíblicos, resulta claro, pues, que la Escritura niega que el hombre tenga un “libre” albedrío (esto es, que sea moralmente libre para escoger el bien por un acto de su propia voluntad), y afirma, en cambio, que un pecador perdido nace de nuevo POR UN ACTO SOBERANO DE LA VOLUNTAD DE DIOS QUE IMPLANTA EN ÉL UNA NUEVA NATURALEZA Y FE, DANDO VIDA ALLÍ DONDE SÓLO HAY MUERTE.

Alguno podrá decir: «Pero ¿no es también cierto que cuando un pecador se convierte a Dios, él LO QUIERE?». Sí, naturalmente que sí. Él quiere y tiene el profundo deseo de ser salvo y de obedecer a Dios y de servirle. Pero, si esto no es fruto de su propio libre albedrío como pecador perdido, ¿qué es? La Biblia tiene la respuesta precisa:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

He aquí la explicación de cómo aquellos que son salvos en Cristo, han de ocuparse en su propia salvación: es Dios mismo quien obra en ellos el QUERER. Él les da un NUEVO ALBEDRÍO, y opera en ellos por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús (léase también Romanos 8:2).

Pero la pregunta entonces es: “¿Cómo, pues, se comunica o produce este nuevo albedrío o voluntad, esta nueva naturaleza?” Y la respuesta de la Escritura es simple: Es la operación directa del Espíritu de Dios:

“El viento sopla de donde QUIERE, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Ahora bien, ¿no sería absurdo decir que la nueva naturaleza fue generada por acción del libre albedrío de nuestro “viejo hombre” viciado por el pecado? De nuevo, ¿qué dicen las Escrituras?: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuésemos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). ¿Vemos la diferencia? También está escrito: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer” (1.ª Pedro 1:3). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios” (v. 23).

CONCLUSIÓN

Para resumir, un conocido escritor cristiano lo presentó de la siguiente manera:

“¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos. Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).


Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta “dificultad” referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios. Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada. Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios” (C. H. Mackintosh).


¿POR QUÉ HABRÍAMOS DE PREDICAR EL EVANGELIO SI NO HAY LIBRE ALBEDRÍO?

Un predicador del Evangelio puede presentar la siguiente objeción:

«Si creyese que el hombre no estuviera facultado con libre albedrío y con poder para aceptar el Evangelio, nunca podría predicar de nuevo. Pues no podría decir: ‘el que quiera, tome’ (Apocalipsis 21:6). ¿Qué sentido tiene decir una cosa así?»

Puesto que ésta es una muy común objeción, analicémosla de cerca. Ya vimos principalmente en el Evangelio de Juan y en las Epístolas que el Señor y sus apóstoles sostuvieron que “no depende del que quiere, sino de Dios que muestra misericordia”, que los que son nacidos de nuevo, lo son “de agua y del Espíritu”, y en ningún sentido lo son por la voluntad humana. Esta verdad nunca confundió ni desanimó a ningún predicador: nunca los discípulos plantearon que puesto que el nuevo nacimiento no es por el libre albedrío del hombre sino del de Dios, entonces nunca podremos predicar de nuevo. La objeción de “¿qué sentido tiene predicar?” Se desvanece en seguida si leemos los Hechos de los Apóstoles y vemos cómo se expandía el Evangelio, y creemos la verdad de esta Escritura: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1.ª Corintios 1:21). Y en Romanos 10:14 dice: “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique.” “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Dios nos concede el enorme privilegio de proclamar el gratuito perdón de los pecados a través de Jesucristo. Y él da fe por medio del Espíritu a través del agua de la Palabra de Dios que es predicada por nosotros. Por la Palabra del que dijo “Sea la luz”, vino la luz y la vida: el poder de la nueva creación. Lo cierto es que es un gran privilegio ser instrumentos en las manos de Dios.

George Whitefield, Charles Spurgeon, por ejemplo, fueron grandes predicadores de multitudes. Consabido es que no creían en el libre albedrío. ¿Podría alguien objetar su trabajo para el Señor?



El apóstol Pablo predicó la gracia de Dios, y también dijo:

“Todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2.ª Timoteo 2:10).


LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE EN EL CASO DE FARAÓN: ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN

Debemos aclarar que no es correcto concluir de nuestra serie de estudios, que además de que Dios eligiera a ciertas personas, haya un decreto de reprobación contra otras; es decir, que haya un decreto divino de predestinación de algunas personas al castigo eterno (tal es la doctrina calvinista, al menos extrema). Pero la manera en que la Escritura trata con los incrédulos se halla más bien en contraste con la inferencia deductiva calvinista, al igual que lo que dice sobre el libre albedrío humano en contraste con la inferencia deductiva arminiana de la supuesta “capacidad” del hombre natural.

¿Hay algo de parte de Dios que impida la libre elección del hombre para salvarse? La Palabra de Dios tiene la respuesta precisa:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

“Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).

“Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).

“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13; Véase también 2.ª Corintios 5:19-21).

¿Qué lugar tiene, pues, la voluntad de Dios en este asunto?

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Juan 6:40).

“Dios quiere que TODOS los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4).

“El cual se dio a sí mismo en rescate por TODOS” (1.ª Timoteo 2:6).

“Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Apocalipsis 21:6).

“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

Éstas, y muchas otras Escrituras, prueban contundentemente que no hay nada de parte de Dios que impida o estorbe que TODOS los hombres vengan a Cristo si quieren. Procuremos no dejar de lado ningún versículo de la Biblia. No hay la menor necesidad de hacerlo, si nuestro único deseo es buscar la verdad.

¿ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN? CASO DE FARAÓN

La mente humana razona de la siguiente manera: Si por la elección de Dios desde la eternidad de algunas personas, sólo cierto número de pecadores serán salvos, la inferencia lógica es que el número restante, por algún decreto similar de Dios, será reprobada y eternamente perdida.



En el endurecimiento de Faraón, algunos han pretendido basar bíblicamente este razonamiento deductivo, que, desde ya diremos, no es bíblico, sino todo lo contrario, como lo acabamos de ver en los textos anteriores.



Flavio H. Arrué