"Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro"
2.ª Pedro 1:19

lunes, 28 de marzo de 2011

LAS CAUSAS DE LA DIFERENCIA DE OPINIÓN (J. B. Stoney)

El primer y más grande deseo de nuestro Señor para Sus discípulos en la tierra fue que ellos fueran uno según la misma forma de unidad que existe entre Él y el Padre. La unidad de todos los santos en mente y parecer habría sido la evidencia más impresionante para el mundo; de ahí que Él dice, "para que el mundo crea que tú me enviaste." (Juan 17:21). Nada podía cautivar y tender a convencer más a la mayoría de los hombres en general, que el hecho excepcional, nuevo, sin precedente, de que una mente y un parecer eran mantenidos por todos los creyentes en Cristo; no podía haber una evidencia mayor de que el único Dios gobernaba y guiaba a cada uno; de que el hombre, con todos sus peculiares sentimientos y ensimismamiento, había cedido, y que una sola mente y un solo parecer, santos y completos, dirigían y gobernaban a cada uno y a todos. La gran verdad de que los santos deberían estar perfectamente unidos en la misma mente y en el mismo parecer se opone enteramente al viejo dicho, «cada cual por su cuenta» (o, «sálvese quien pueda»). Es claro que con Dios no puede haber dos opiniones sobre algo, y por consiguiente, si hay diferencia de opinión en los hombres, es porque debe haber un alejamiento de la mente divina en uno u otro lado, o, como es frecuente el caso, en ambos lados. Es, por lo tanto, una cosa muy grave discrepar en opinión de un santo, pues debe ser porque yo estoy defendiendo lo que no es de Dios, o porque él lo está haciendo. No debería haber una cosa semejante como estar de acuerdo para discrepar, aunque puede haber una tolerancia de diferencia de parecer. Una vez que se admite que es la mente natural en nosotros lo que impide la verdadera y clara aceptación de la mente de Dios, existe por lo menos una oportunidad proporcionada para que uno mismo se ejercite delante del Señor en cuanto a la corrección de los propios puntos de vista y opiniones. Aprendemos de Juan 17 que, o somos del mundo, o somos del Padre. Si somos del Padre nuestras opiniones deben estar en perfecta armonía; nadie podría ver las cosas diferentemente del otro; algunos podrían ver más que otros, pero todos mirarían en la misma dirección. Puede haber diferentes tamaños de una misma clase de árbol, pero es realmente otra cosa el hecho de que haya árboles diferentes con diferentes formas y reglas de crecimiento, etc. Si no tuviéramos nuestro propio parecer, y si nuestras mentes fuesen como un bloc de papel sobre el cual nunca se ha escrito nada, y sobre el cual no se podría escribir nada sino la Palabra de Dios, nosotros no podríamos tener cualquier mente sino la mente del Señor; y este es el gran objetivo de las Escrituras; no se trata simplemente de que ellas nos dan luz sobre ciertas cosas, sino que ellas nos forman en la mente de Dios acerca de todas las cosas. Tú nunca encontrarás que aprendes la mente del Señor a partir de cualquier número de temas que puedas haber estudiado en las Escrituras; tú tienes que estudiar la revelación de Dios como un todo, y mientras la asimilas, tu mente comienza a considerar las cosas como Él lo hace. Temas aislados o doctrinas aisladas en cualquier grado, sólo te pueden informar con respecto a sí mismas, y aunque estas cosas son bastante necesarias, ellas son de importancia comparativamente menor que la gran importancia de estar en la corriente del parecer de Dios sobre todas las cosas; y este favor maravilloso tú lo puedes obtener solamente obteniendo una percepción plena, si no la comprensión plena, de toda la revelación que Él se ha complacido en darnos. Un estudiante de geografía tiene que aprender a conocer el globo terráqueo antes de que pueda determinar la latitud de algún país en particular, así debe aprender el estudiante Cristiano el propósito y la intención de la Biblia antes de que él pueda definir, verdadera y plenamente, temas o doctrinas en particular. Existen, yo digo, cuatro causas para la diferencia de opinión que, ¡es lamentable! están tan extendidas entre nosotros, y que es tan humillante para nosotros. ¿Cuál puede ser un cuadro más humillante del hecho de ver a miembros del "un cuerpo", cada uno de los cuales es un templo del Espíritu Santo, sosteniendo y defendiendo con todo el fervor de sus habilidades, opiniones que están en directa discrepancia entre sí? La primera causa es la ignorancia. Pienso que muchos no han sido iluminados en cuanto a la Palabra de Dios como para ser capaces de ver, o de aceptar, lo que otros ven que está positivamente revelado. Tomás es un ejemplo de ignorancia cuando dijo, "no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?" (Juan 14:5). Nicodemo era ignorante; el eunuco era ignorante, y Apolos era ignorante. Hay una marca distintiva acerca de uno que es sencillamente ignorante, y es que, a él le agrada ser informado y es realmente receptivo; en esos casos, y yo supongo que en todos los casos donde hay un sentido de ignorancia, la luz es proporcionada en misericordia a través de algunos medios. La simple ignorancia, allí donde no hay voluntad, no es un impedimento para el Espíritu Santo; de ahí que el apóstol dice, en Filipenses 3:15, "Así que, todos los que hemos alcanzado la madurez pensemos de este modo; y si pensáis otra cosa, también eso os lo revelará Dios." (RVA). Muchos son ignorantes ahora en cuanto a la verdad dispensacional, y ellos argumentan que lo que fue aprobado por Dios en una época para Su pueblo, es consistente para el tiempo presente; y ciertamente nada podría causar una diferencia de opinión mayor que las tinieblas en cuanto a las varias dispensaciones empezando desde Adán, en contraste con una clara comprensión de ellas. Un creyente sincero argumentará a favor de la guerra y de la gloria terrenal porque David fue un gran soldado y un rey poderoso, mientras que otro, que ve el rechazo del Rey de reyes, sabrá que toda la gloria del hombre ha pasado, y que la única grandeza verdadera es ahora por medio del Espíritu de Dios. La diferencia de opinión entre dos que se aferran a cada uno de estos credos tiene que ser tan amplia, tan opuesta, que no podría haber ningún punto de acuerdo en cualquier parte. Ellos discrepan tan esencialmente que todo lo dicho o hecho lleva la marca de la diferencia, y con todo, la mayoría de creyentes está en esta ignorancia de la verdad dispensacional, en este momento presente. El rechazo de Cristo no es visto, y hay muy pocos que real y sencillamente ven que el presente período es, en forma característica, el período de la iglesia; ellos no niegan la iglesia, pero no ven que ella fue formada y revelada a continuación del rechazo de Cristo por el hombre en la tierra, así que la iglesia debe ser característicamente celestial y no terrenal. Ahora bien, la razón por qué esta ignorancia no es iluminada y corregida se debe a que, con la mayoría, no se trata simplemente de ignorancia como con Nicodemo, Tomás o María Magdalena; ella ha crecido hasta volverse en prejuicio, el cual es otra causa para la diferencia de opinión. El prejuicio brota en la persona por haber sido educada en un sistema religioso. La conciencia ha estado bajo la convicción de que ella está sometida a la única religión verdadera, y de ahí que, mientras más la religión se acerca a la verdad en formas y ceremonias externas, más difícil es liberar la conciencia de ese sesgo que yo llamo prejuicio. Es una cosa inmensa liberar la conciencia de cualquier imposición u ordenanza religiosa basada en la Palabra de Dios. Este fue el prejuicio de los Judíos, y los gobernó de tal manera que ellos pensaban que rendían servicio a Dios matando a los Cristianos. "Tienen celo por Dios, pero no de acuerdo con un conocimiento pleno." (Romanos 10:2 - RVA). No son meramente los detalles de una religión lo que es difícil erradicar, sino cualquier cosa que haya asido la conciencia como una demanda especial que se aferra con tenacidad. Y así es con los creyentes; lo que la circuncisión era para los Judíos, así es la ley para los Cristianos en este momento, como regla de vida, así como las dos ordenanzas del bautismo y la cena del Señor, en varios modos de administración. El prejuicio juzga todas las cosas, incluso la Palabra de Dios, a la luz del dogma religioso que gobierna la conciencia, y no hay quebrantamiento del prejuicio sino desechando realmente al hombre en la muerte. De ahí que al apóstol Pablo, un hombre que tenía los más grandes prejuicios - uno que pudo decir "que conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión viví como fariseo." (Hechos 26:5 - RVA) - fue llamado a ser testigo en poder divino de completa superioridad sobre todos los prejuicios. La tercera causa es la conveniencia. Esto ocurre frecuentemente donde no existe ignorancia ni prejuicio, y surge simplemente de considerar las cosas en relación con el hombre en lugar de considerarlas en relación con Dios. Jacobo, por conveniencia, presionó e indujo a Pablo a mostrar su celo por la ley (Hechos 21). La utilidad generalmente se apoya en la conveniencia, la cual incita la demanda de la necesidad, aparte de la mente y la complacencia del Señor. Este fue el error de Marta, su trabajo era un trabajo útil y necesario mirado de la manera en que el hombre mira las cosas; pero ella consultó a su propia mente y no a la del Señor. Es sorprendente la divergencia de opinión que debe existir entre una Marta y una María; mientras más conveniente parezca ser la cosa, más difícil es renunciar a ella por la Palabra de Dios. Nada parecía más natural que David, sentado en su propia casa de cedro, quisiera edificar una casa para el Señor; y aunque era bueno que ello estuviera en su corazón, no obstante, la Palabra del Señor lo revocó. Sería tan difícil efectuar un acuerdo entre el hombre de conveniencia y el hombre de fe, quien es conducido sencillamente por la Palabra, como hacer que un hombre que está mirando en dirección al este vea lo que el hombre que mira en dirección al oeste ve. El hombre de conveniencia siempre puede razonar bien, y tiene abundante evidencia para establecer su argumento. El hombre de fe ve lo que Dios dice, y espera en paciencia para cumplir Su pensamiento, pero no puede haber ninguna unidad de parecer entre ellos. La última causa por la que la mente se deforma y se ve impedida de juzgar conforme a Dios es la avaricia. Avaricia es desear algo para la satisfacción propia. Allí está el ídolo en el corazón, y toda verdad es calificada o reducida para no incomodar a este ídolo o a la inclinación. Nosotros encontramos en Ezequiel 14:4, "A cualquier hombre de la casa de Israel que haya erigido sus ídolos en su corazón, que haya colocado delante de su rostro aquello que le hace caer en la iniquidad, y que luego acuda al profeta, yo Jehovah me dignaré responderle como merece la multitud de sus ídolos." (RVA). Si yo acudo sencillamente a la Palabra de Dios, siempre hallaré que la cosa que más me obstaculiza es la cosa que la Palabra reprende más; pero si yo estoy determinado a salvar mi ídolo a toda costa, cualquiera que sea, yo tengo que limitar la acción de la Palabra, y esta limitación atravesará, inevitablemente, cada tema en la Palabra que ocupe mi atención. ¿No hemos descubierto cuán diferente y denodadamente insistimos sobre un pasaje, cuando se ha abandonado un curso avaricioso, el cual era confuso y pasado por alto anteriormente? El hombre avaro no solamente difiere del intrépido sostenedor de la verdad plena, sino que él evita al maestro, así como los Gálatas y todos los que estaban en Asia evitaron a Pablo. Siempre hay una doble acción de la Palabra de Dios; una de ellas es hacer más profunda en tu alma la verdad que has recibido verdadera y sencillamente, y la otra es corregir, y exponer tanto la obra de la carne en ti, como su tendencia; y cuando el corazón es sencillo, ambas acciones le agradan; y de esta forma es conducido a la mente de Dios, y todos quienes son conducidos así deben tener la misma mente y el mismo parecer. Que el Señor pueda ejercitar nuestros corazones y conciencias, para que nosotros no estemos albergando nada que sea un estorbo a la unidad de mente y de parecer por amor de Su Nombre. J. B. Stoney Leer o guardar en formato PDF http://graciayverdad.tripod.com

No hay comentarios: