"Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro"
2.ª Pedro 1:19

lunes, 8 de noviembre de 2010

REVISTA CRECED GRATIS

La revista Creced es destinada a los creyentes que desean progresar en el conocimiento de la Palabra de Dios. Contiene enseñanzas para la vida cristiana y temas doctrinales.
La revista CRECED tiene como meta la edificación, la enseñanza y el progreso espiritual de los creyentes que, por gracia, pertenecen a Cristo,“hasta que todos lleguen a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).




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creyentes a la búsqueda personal de pasajes bíblicos, ayudándoles asimismo a hallar aclaraciones y elementos de respuesta a sus propias preguntas.

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La Soberanía de Dios y la Responsabilidad del Hombre

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Nuevamente nos encontramos con dos verdades paralelas que son perfectamente ciertas en su lugar, que no se interfieren entre sí, pero que aun así suelen confundirse en las mentes de los hombres. Nabucodonosor era un monarca absoluto y, sin embargo, tuvo que reconocer la soberanía de Dios y confesar: “Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? (Daniel 4: 34, 35).

Dios tiene absoluto poder, absoluta autoridad, absoluta soberanía. Él hace según su voluntad, la cual nadie puede cuestionar ni cambiar. Además, debemos señalar que Dios tiene “el propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Efesios 3:11). Tal propósito no puede ser cambiado y será cumplido perfecta y absolutamente. El creyente confía plenamente en esto y se regocija grandemente en esta verdad maravillosa.

Pero, el incrédulo ciego siempre presentará sus inútiles planteos. Los hombres argumentan que si Dios es soberano y tiene un plan completo para el universo, entonces no interesa lo que haga la gente. «Hagan lo que hagan da lo mismo», argumentan ellos, «porque no pueden evitar hacerlo». Esto es como afirmar que el hombre no es responsable de sus propios actos, lo cual es fatal. Sin embargo, a estas personas les parece un argumento lógico, porque no comprenden que la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre son dos hechos reales que tienen vigencia al mismo tiempo.

¿El hombre es responsable? Si, tan cierto como que Dios es soberano. Sin importar lo que nosotros pensemos al respecto, Él declara que “cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:12). Al respecto, el mismo Señor Jesús afirma en Mateo 12:36: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.” En aquel día nadie se atreverá a decir que fue obligado a realizar sus malas obras y a pronunciar las palabras ociosas que salieron de su boca. Por el contrario, el impío deberá confesarse culpable de haber eludido la responsabilidad que su propia conciencia le había enseñado en vida. Por otro lado, si creemos que Dios es soberano, ¿no debemos admitir de igual forma que nuestra posición es la de seres que están sujetos a Él? La fe en un Dios soberano estimula nuestros corazones para que podamos sentir la responsabilidad de obedecerle.

Por tanto, aunque los creyentes no podamos satisfacer el intelecto de los hombres explicando la compatibilidad ineludible que hay entre la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre, por la fe, en cambio, no hallamos ninguna dificultad para entender estas cosas. Los hijos de Dios nos regocijamos en ambos hechos y entendemos que es justo someterse por completo a la voluntad divina. Dios tiene el derecho de actuar como le plazca. Nosotros, por el contrario, no tenemos ningún derecho de hacer como nos parece y, al mismo tiempo, tenemos la responsabilidad de hacer todo aquello que a Dios le agrada. El secreto para lograr abundantes bendiciones consiste en darle a Dios el lugar que se merece y mantenernos a nosotros mismos en el lugar que nos corresponde. Conservemos estas verdades, paralelas y distintas, en sus respectivos lugares y aceptemos que ambas son absolutamente ciertas.

L.M Grant



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Este articulo es parte del libro de L M Grant "PARADOJAS BÍBLICAS MARAVILLOSAS."

domingo, 7 de noviembre de 2010

37 LIBROS WATCHMAN NEE




Descargalos desde aquí

Sobre el desánimo.. x David Wilkerson

Qué duro tener que ser el portador de este mensaje! En el capítulo 19 de Jeremías, Dios pidió al profeta Jeremías que comunicara al pueblo estas palabras: «Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: “He aquí, voy a traer sobre esta ciudad y sobre todas sus aldeas la calamidad que he declarado contra ella, porque han endurecido su cerviz para no escuchar mis palabras”.» (Jer 19.15).

¡Torturado!
Pasur era el oficial principal del templo en ese tiempo y las palabras de Jeremías lo enfurecieron. Inmediatamente, estalló en ira y mandó a azotar al profeta. Después llamó a sus siervos para que lo colocaran en un cepo. Lo situaron en la puerta de la ciudad, donde sería humillado por todos los que pasaran por ahí.
El cepo era un instrumento de tortura. Por veinticuatro horas, Jeremías experimentaría dolor incesante. Primero, inmovilizaron su cabeza. Luego torcieron su cuerpo mientras fijaban sus brazos transversalmente. Tuvo que mantenerse en esa tortuosa posición una noche y un día completos.
¡Qué escena tan horrible! Recuerde que Jeremías era profeta ungido por el Señor. Desde su juventud sabía que Dios lo había llamado a comunicar su Palabra a su pueblo elegido. Sin embargo, ahora estaba atado y era torturado precisamente por hacer eso. No obstante, a pesar de su sufrimiento, Jeremías nunca dudó de su llamado. Él sabía que la Palabra que había recibido procedía de Dios, y así había sido desde el principio de su ministerio.
El Señor mismo había testificado de su relación con Jeremías: «Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones.» (Jer 1.5). Lo que Dios le decía en forma concreta era: «Te conocí antes de que creara a la tierra, Jeremías. Tenía un plan para tu vida desde ese momento. Te formé para que predicaras mi Palabra.»
Al principio, Jeremías le respondió: «¡Ah Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque soy joven», pero Dios le contestó: «No digas: “Soy joven”.» (1.6–7). En otras palabras: «Te he llamado Jeremías. Así que no digas que no eres capaz de hacerlo.»
Luego el Señor añadió: «Adondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás. No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte.» (1.7–8).
Jeremías describe lo ocurrido en ese momento: «Entonces extendió el Señor su mano y tocó mi boca. Y el Señor me dijo: He aquí, he puesto mis palabras en tu boca.» (1.9). ¡Qué increíble momento en la vida de Jeremías! ¡Cuán maravilloso es saber que Dios ha puesto su mano en usted, que le ha revelado sus pensamientos y lo ha ungido para hablar por él! Esta es la razón por la cual Jeremías nunca dudó de las palabras que Dios le dio.
Luego el Señor le dio estas instrucciones: «Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate y diles todo lo que yo te mande. No temas ante ellos, no sea que yo te infunda temor delante de ellos.» (1.17). Finalmente, Dios le dijo a su siervo esta poderosa palabra: «He aquí, yo te he puesto hoy como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce contra toda esta tierra: contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo de la tierra. Pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo —declara el Señor— para librarte.» (1.18–19).
Piense un instante en el asombroso mensaje que Dios le dio a este hombre. Él le decía: «Jeremías, planeé un ministerio para ti en la eternidad y ahora te envío para que erradiques todas la mentiras de Satanás. Quiero que derribes y destruyas cada ídolo frente a mi pueblo. Y levanta también a la nación. Quiero que plantes las semillas de mis buenas nuevas. No te preocupes, te diré qué decir, justo cuando lo necesites. Pero no temas a los hombres, a sus malas caras o amenazas ni al fracaso. Recuerda: mientras vivas, estoy contigo. Ningún demonio o enemigo te podrá tocar. Por eso, no te desanimes. Así que levántate en fe ahora, y haz como te he mandado. Tienes un propósito divino, y es hablar según mi pensamiento. No permitas que nadie ni nada te desanime.» El Señor añadió, al final, esta advertencia: «No sea que yo te infunda temor delante de ellos.» (1.17).
Amado hermano y hermana, este mensaje de Dios no es solo para Jeremías, sino para cada pastor y siervo cristiano que Dios ha llamado. Él nos dice: «¡No permitas que nadie te amedrente! No hay razón para que te desesperes ni te sientas confundido ante los hombres. Te he dicho que estoy contigo. Te he dicho que eres una ciudad fortificada. Así que no hay razón para que te sientas acabado ni para que renuncies. Si no crees lo que te he dicho, si dudas de mi fidelidad hacia ti, entonces no puedes evitar extinguirte. Terminarás amargado y agotado y renunciarás. Yo te infundiré temor ante tu oponente, pero será porque no confiaste en mi Palabra.»
«Te digo: no importa a cuáles dificultades te enfrentes ni lo mal que te traten o cuánto abusen de ti. Tus amigos, tu familia —incluso príncipes y reyes— se volverán en tu contra pero ellos nunca prevalecerán. He puesto muros de bronce y columnas de hierro para que te rodeen. ¡Estoy contigo para librarte!»
Este mensaje es para todos aquellos que, como Jeremías, han sido llamados desde antes de la creación a servir a Cristo. El apóstol Pablo dice de Dios: «Quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad.» (2Ti 1.9). En otras palabras, el Señor llama a cada persona que está «en Cristo», y todos nosotros tenemos el mismo mandato: escuchar la voz de Dios, proclamar su Palabra, nunca temer a ningún hombre y confiar en él cuando nos enfrentemos a cualquier prueba imaginable.
De hecho, lo que Dios le prometió a Jeremías aplica a todos sus siervos. Es decir, no necesitamos tener un mensaje preparado para pronunciarlo ante el mundo. Él nos ha prometido que llenará nuestra boca con su Palabra, en el momento exacto en que sea necesario. Pero eso pasará solamente si confiamos en él.
Pablo indica que muchos son escogidos para ser predicadores, maestros y apóstoles y que todos ellos van a sufrir por esa razón. Él se cuenta a sí mismo entre ellos: «Para el cual (el evangelio) yo fui constituido predicador, apóstol y maestro. Por lo cual también sufro estas cosas.» (2Ti 1.11–12). En resumen, nos quería decir que «Dios me ha dado un trabajo santo para llevar a cabo y porque tengo ese llamado, voy a sufrir». Las Escrituras muestran que Pablo fue probado como pocos ministros lo han sido. Satanás trató de matarlo una y otra vez. La multitud «religiosa» lo rechazó y lo ridiculizó. A veces incluso aquellos que lo apoyaron abusaban de él o lo abandonaban. Pero Pablo nunca temió ante los hombres. Nunca se amedrentó ni se sintió avergonzado ante el mundo, ni tampoco se apagó. Para cada ocasión, Dios le proveía de palabras ungidas y necesarias para que las comunicara en el momento justo.
El hecho es que Pablo simplemente no se perturbaba. Él nunca perdió su confianza en el Señor, por el contrario, testificó: «Yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día.» (1Ti 1.12). En otras palabras: «He comprometido mi vida entera a la fidelidad del Señor. Viva o muera, soy suyo». Y aconsejó a su joven discípulo Timoteo para que hiciera lo mismo: «Retén la norma de las palabras sanas que has oído de mí, en la fe y amor en Cristo Jesús.» (1.13).
Precisamente la semana pasada le di el mismo consejo a un pastor. Hace poco este hombre renunció a su iglesia. Se sentía un fracasado por no haber logrado que nadie se convirtiera ni que su congregación creciera hacia la madurez. A su esposa le dolía ver cómo su marido caía en una profunda desesperación. Ella me dijo: «Él es un hombre piadoso y se preocupa por orar fielmente por su gente. Pero se desanimó porque no daba a luz a ningún hijo espiritual. Su predicación era ungida, pero la gente no quería escucharla. Sintió que ya no podía hacer otra cosa que renunciar». Me aseguré de darle a este hombre las palabras de ánimo de Pablo. Lo aconsejé a ayunar por su fe y por la palabra que había recibido. Dios sería fiel en cumplir todo lo que había prometido.
Jeremías tocó fondo cuando estaba en el cepo. No solamente era su cuerpo el que se retorcía, sino que también su alma estaba bajo ataque. Era una noche oscura y tortuosa para este hombre piadoso que se preocupaba por los demás.
¡No doy más!
Finalmente, después de veinticuatro horas de dolor y humillación, Jeremías fue liberado y fue directamente a donde estaba Pasur, el hombre que lo había puesto en el cepo, y le profetizó: «El Señor tiene un nuevo nombre para ti, Pasur. Ahora tu nombre significa que vas a vivir bajo constante amenaza y sentirás temor por el resto de tus días.» ¿Observó eso? Jeremías sabía lo peligroso que era para cualquier persona tocar al ungido de Dios. Indignado, Pasur tan solo trató de mentiroso al profeta.
Jeremías, sin embargo, había agotado su capacidad de resistencia. Empezó a utilizar el lenguaje de un siervo agobiado: «Me persuadiste, Oh Señor, y quedé persuadido; fuiste más fuerte que yo y prevaleciste. He sido el hazmerreír cada día; todos se burlan de mí.» (Jer 20.7). La palabra hebrea que se traduce con el término «persuadido» significa atacado. Jeremías estaba diciendo: «Señor, me has expuesto a un gran engaño. Terminé siendo un ministro que ha sido completamente atacado.»
No podemos suavizar la acusación que Jeremías le hace a Dios en este pasaje. De hecho, él le está diciendo: «Señor, me llamaste a predicar tu Palabra. Me dijiste que profetizara, que destruyera y edificara. Pusiste palabras duras y difíciles en mi boca, pero después, cuando las dije, me abandonaste.
»No entiendo. Te obedecí, Señor. Fui fiel. No pequé en contra tuya. De hecho, arriesgué mi vida por ti. ¿Y qué obtuve? Engaño, decepción, abandono y abuso.»
Intente imaginar lo que pasó por la mente de este hombre durante esas veinticuatro horas de tortura: «Prediqué sobre la misericordia a todas estas personas. Pero ahora todo lo que hacen es abusar de mí. Señor, les hablé como tu profeta. Les rogué que se volvieran a ti. Les dije que tú les sanarías y los bendecirías. Pero se han vuelto para pronunciar palabras que me hacen daño. Durante días lloré por estos hombres y estas mujeres. Mi corazón se quebrantó por ellos. Incluso me entristecí por sus pecados. En mis adentros, sentí compasión por ellos. Pero ahora se burlan de mí. Me ridiculizan todos los días. Dios, ¡me has puesto en un infierno viviente! La misma palabra que me diste se convirtió en mi desgracia.» (vea Jer 20.7–8).
Tal vez usted reflexione: «Dios le prometió a Jeremías que nunca sería avergonzado. Pero ¿no fue eso lo que ocurrió exactamente?». Le aseguro que el siervo de Dios no fue avergonzado. Al contrario, el Señor hacía algo grandioso en la tierra y solo sería revelado a su tiempo. Iba a mostrarle a la nación que Jeremías no había sido quebrantado ante los hombres. En lugar de eso, él era un testimonio y así sería recordado por los siglos.
Recibo cartas de pastores alrededor del mundo que se sienten como Jeremías. En una oportunidad, un ministro me escribió: «Me siento derrotado. Fui fiel a la hora de hacer todo lo que Dios me pedía. Pero cuando salí al frente, en fe, me abandonó. Ahora veo cual era mi problema. No mantuve la confianza durante mi tiempo de prueba. Cuando las pruebas empezaron, no dependí de la Palabra de Dios ni de su fidelidad. Olvidé su promesa que dice: “Nunca te dejaré”.»
Sé lo que significa pasar por este tipo de prueba. Hace unos quince años, cuando la Iglesia «Times Square» apenas iniciaba, Satanás trató de arruinar nuestro ministerio y destruir la iglesia. Hubo acusaciones increíbles sobre rivalidades raciales, y ataques hacia mi familia y mi persona. Los chismes envenenaron la mente de muchas personas y algunas se me acercaban después del culto y me preguntaban: «¿Usted realmente es el farsante que otros me han contado?» Hasta este día, cuando lo leo, me causa dolor lo que anoté en mi diario durante ese tiempo. Empecé a odiar los domingos por la mañana, especialmente cuando tenía que predicar. A menudo me sentaba en mi escondite y lloraba, hasta que mi esposa, Gwen, me abrazaba y me decía: «David, es tiempo de irnos.»
Lloré durante semanas por el dolor que todo esto me causaba. Finalmente, le dije a Gwen: «No necesito esto. ¿Por qué no vuelvo a escribir libros y a evangelizar?» Todo lo que ella podía hacer era mover su cabeza y decir: «¿Cómo pueden algunos cristianos ser tan crueles?»
Por supuesto que no renuncié. Y nunca lo haré. ¿Por qué? Por la misma razón por la cual Jeremías no desistió. Es el mismo motivo por el cual otros ministros y siervos cristianos no pueden renunciar: «Esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo [renunciar].» (Jer 20.9).
Dios no reprendió a Jeremías por su fuerte discurso. En Jeremías 20.14–18, el profeta dio rienda suelta a un impetuoso discurso con matices suicidas: «Maldito el día en que nací; el día en que me dio a luz mi madre no sea bendito. Maldito el hombre que dio la noticia a mi padre, diciendo: ¡Te ha nacido un hijo varón!... Sea ese hombre como las ciudades que el Señor destruyó sin piedad.… ¿por qué no me mató en el vientre para que mi madre hubiera sido mi sepultura, y su vientre embarazado para siempre? ¿Por qué salí del vientre para ver pena y aflicción, y que acaben en vergüenza mis días?»
Percibí esta misma angustia en la voz de un ministro que me llamó hace poco. Me dijo: «David, he afligido al Señor profundamente. Me siento tan pesimista debido a mi fracaso; estoy vacío, ya no me queda nada. Siento como si ya no valiera la pena vivir más.»
Muchos siervos de Dios en las Escrituras también expresan los mismos sentimientos. Cuando Job estaba inmerso en su momento más oscuro, una voz le aconsejó: «Renuncia a Dios y muere.» Elías escuchó una voz similar. Y el profeta, que una vez fue grande, terminó rogando: «Señor, toma mi vida. Soy un fracaso, como todos mis antepasados.»
Tal vez en este momento usted se siente como todos ellos. El enemigo lo ha retorcido y ha inmovilizado su cabeza en un cepo. Quizás piensa: «He clamado día y noche, pero Dios no responde a mis oraciones. Ya no puedo pasar por esto otra vez. No necesito esto en mi vida. Todo era más fácil cuando estaba en el mundo, antes de conocer a Dios. Me siento abandonado.»
Soy consciente de que algunos cristianos podrían argumentar algo como lo siguiente: «el tono de todos estos comentarios va en contra de Dios. Merece un severo castigo». Pero la verdad es que solo somos capaces de pensar en el hombre externo. Dios ve el corazón y él, que conocía en lo más íntimo a Jeremías escogió no reprender al desesperado profeta. ¿Por qué?
El Señor sabía que todavía ardía fuego en este hombre. Era como si Dios dijera: «Jeremías no renunciará. Claro que “volarán algunas chispas” mientras él expresa su confusión. Pero él todavía cree en mi Palabra. Arde en su alma. Va a salir de esta prueba con una fe que no podrá ser removida. Sé que mi siervo no puede evitar predicar mi Palabra. La he estampado en su alma, en su corazón y en su mente. Y sus mejores días están por delante. Todavía sigue siendo mi siervo elegido.»
Jeremías sí obtuvo una nueva esperanza. De repente, estuvo lleno de ánimo y se levantó, como si estuviera diciendo: «Espera Satanás, no puedes engañarme. No vas a echarme de este ministerio que Dios me dio. El Señor me llamó, y sé que su Palabra es segura.»
El profeta entonces testificó: «He oído las murmuraciones de muchos: ¡Terror por todas partes!... Todos mis amigos de confianza, esperando mi caída, dicen: Tal vez será persuadido, prevaleceremos contra él y tomaremos de él nuestra venganza. Pero el Señor está conmigo como campeón temible; por tanto, mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán.… Cantad al Señor, alabad al Señor porque ha librado el alma del pobre de manos de los malvados.» (Jer 20.10–11, 13).
Tal vez en este momento usted piensa que su fuego se ha extinguido. Está convencido de que no queda ni una sola chispa. Al igual que Jeremías, puede que haya pensado o dicho: «No recordaré [al Señor] ni hablaré más en su nombre.» (Jer 20.9).
Apasionado
Lo único que nos saca de esta oscuridad es la fe, la cual viene al escuchar la Palabra de Dios. Sencillamente tenemos que aferrarnos a la Palabra que han implantado en nosotros. El Señor nos prometió: «No dejaré que te hundas. Por eso no hay razón para que te angusties ni para que renuncies. Descansa en mi Palabra.»
Puede que usted piense: «Pero esta noche oscura es peor que cualquier otra cosa que haya conocido. He escuchado miles de sermones acerca de la Palabra de Dios, pero ninguno de ellos parece tener valor para mí ahora». No se preocupe. El fuego de Dios todavía arde en usted, incluso si no lo puede ver y usted debe derramar en ese fuego el combustible de la fe. Lo puede hacer simplemente confiando en el Señor. Cuando lo haga, verá cómo todas sus dudas y deseos desenfrenados se consumen.
A mi alrededor, veo una notable carencia de la Palabra de Dios. Pero, a pesar de eso, veo también a nuestro Señor haciendo su gloriosa obra de restauración en su gente. Él conoce a aquellos que han desertado y todavía los ama. De hecho, él habla a cada uno de los que se han enlistado en su ejército y los incita a regresar a su llamado original.
Y aquellos, quienes una vez yacían muertos, reviven. Claman como lo hizo Jeremías: «El fuego de Dios en mí ha estado reprimido por mucho tiempo. Más ahora no lo puedo detener por un instante más. Puedo sentir cómo el poder de Dios me levanta. Está derramando vida en mi interior. Voy a hablar la Palabra que me dio y a proclamar su misericordia y poder sanador.»
El salmista escribe: «El Señor edifica a Jerusalén; congrega a los dispersos de Israel; sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.» (Sal 147.2–3).
Querido santo, no sé cual es su lucha específica. Usted tal vez está en medio de la noche más oscura que ha experimentado y pareciera como si sus oraciones chocaran contra el techo. Pero sí sé esto: Dios ha puesto fuego en sus huesos. ¡Y ese fuego todavía arde! Tal vez solo queda una pequeña chispa, pero el Espíritu Santo trae aliento de vida a él. Él es fiel para revivir la llama en usted. Lo está levantando para restaurarlo a su llamado original. Él lo acompañará a través de cada noche oscura.
¡No permita que el la adversidad lo desanime!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mas Él No Respondió Palabra

















“Mas Él no respondió palabra” Mateo 15:23
“Él callará de amor” Sofonías 3:17

Puede ser que algún hijo de Dios que está leyendo estas palabras, haya pasado por alguna terrible aflicción, alguna desilusión amarga y haya recibido algún descorazonamiento de alguna parte completamente inesperada.
Puede ser que estés deseando que la voz del Maestro te diga: “Toma aliento” , pero en vez de esto sólo te encuentras con el silencio y en un estado de miseria y misterio – “Él no le respondió ni una palabra”
La ternura del corazón de Dios debe ser herida al escuchar las tristes quejas que se elevan de nuestros corazones débiles e impacientes, porque no nos damos cuenta que si Él no nos contesta es por nuestro bien y para nuestro bienestar espiritual.
El silencio de Jesús es tan elocuente como Su palabra y puede ser no una señal de rechazamiento, sino de Su aprobación y de un profundo propósito de bendición para ti.
“¿Porqué te abates , oh .... alma mía?” Aún tú le alabarás, aún por Su silencio. Presta atención a una antigua historia muy interesante, que nos revela la forma como una cristiana vio a otras tres en oración. Al arrodillarse, el Maestro se acercó a ellas.
Cuando se aproximó a la primera, se inclinó hacia ella con mucha gracia y ternura y con una sonrisa llena de Su esplendoroso amor le habló con el acento mas puro y melodioso.
Al dejarla, pasó a la segunda y lo único que hizo fue colocar Su mano sobre su inclinada cabeza y darle una mirada de aprobación amorosa.
Por la tercera pasó precipitadamente sin detenerse para mirarla, ni para decirle ni una sola palabra. La mujer de dijo en su sueño, “Cuanto debe amar a la primera, a la segunda le dio su aprobación, pero no las señales de amor que le dio a la primera. La tercera debe de haberlo afligido profundamente, porque Él no le dijo ni una sola palabra, ni la miró al pasar.”
Se preguntó que es lo que ella habría hecho y ¿por qué hizo Él tanta diferencia entre las tres? Al tratar de dar razones por la forma de actuar de Su Señor, Él mismo se puso a su lado y le dijo: “¡Oh mujer! Qué erróneamente me has interpretado. La primera mujer arrodillada tiene necesidad de todo el peso de mi amor y mi cuidado para guardar sus pies por Mi sendero estrecho. Ella necesita Mi amor, mis pensamientos y ayuda a cada momento del día. Sin ello, fracasaría y caería.
La segunda tiene una fe mas robusta y un amor mas profundo y puede confiar que ella en Mí, suceda lo que suceda y que la gente haga lo que haga.
“La tercera a quién parecía que no percibí y descuidé, posee una fe y un amor de la calidad mas refinada, y la estoy entrenando por medio de procesos rápidos y drásticos para el servicio mas elevado y santo.
“Ella me conoce tan íntimamente y confía tan por completo en Mí, que no tiene necesidad de palabras, miradas o insinuaciones exteriores para mi aprobación. Ella no desmaya, ni se desalienta por ninguna circunstancia que yo le prepare para que la atraviese. Ella confía en Mí cuando el sentido, la razón y el instinto mas fino del corazón se rebela, ella sabe que obro en ella para la eternidad y que aunque ahora no sabe la explicación de lo que hago, lo comprenderá después.
“Yo guardo silencio en mi amor, porque amo mas de lo que las palabras pueden expresar, o de lo que el corazón humano puede comprender y también por amor hacia vosotros, pera que aprendáis a amarme y confiar en Mí como enseña el Espíritu.
Para que respondáis espontáneamente a Mi amor sin el estímulo de ninguna señal exterior.”
Él “obrará maravillas” si aprendes el misterio de Su silencio y le alabas a Él cada vez que Él retira Sus dádivas para que conozcas mejor al Dador.

A.D

Seleccionado.

EL BALANCE DE LA VERDAD: LA BIBLIA RESUELVE EL DILEMA CALVINISTA-ARMINIANO

Casi hay quinientos años de debate téológico entre Calvinistas y Arminianos y ambos no han podido conducir a un acuerdo o a una explicación única de la relación entre la soberanía de Dios y la responsabilidad del ser humano en la salvación..

Calvinistas y arminianos, brindan una y otra vez argumentos válidos a favor de su propia corriente.. pero ningún sistema teológico puede realmente explicar lo inexplicable. El entendimiento humando no alcanza para comprender completamente un concepto como la salvación!..

Para la mente humana éste es un tema complicado… pero es un hecho que en la mente de Dios y según lo hayamos en la totalidad de las escrituras… este es un asunto absolutamente resuelto.

Rom 11:33-34 Sí, ¡qué grande es la riqueza de Dios y qué enorme su sabiduría y entendimiento! Nadie puede explicar las decisiones de Dios ni puede entender lo que hace y cómo lo hace. Así dicen las Escrituras: “¿Quién conoce la mente del Señor? ¿Quién puede darle consejos a Dios?” (PDT)



Ahora comprobaremos, mediante el siguiente estudio bíblico, como ambas escuelas teológicas tienen PARTE de la verdad, pero no TODA la verdad.. Veremos como las Escrituras nos otorgan TODA la verdad al respecto, a expensas de nosotros no poder ARMONIZAR DE FORMA LÓGICA toda la verdad Bíblica.

Así veremos por ej. que en el Evangelio de Juan especialmente.. el Señor enseña mucho sobre la SOBERANÍA de Dios en la salvación, SIN DEJAR DE LLAMAR a la responsabilidad del hombre... Ahora un versículo de las Escrituras resuelve el dilema calvinista-arminiano (que es irreconciliable para la lógica humana, pero que hay que tomar en SUS DOS PARTES para tener TODA la verdad: y éste es el BALANCE de la verdad bíblica)...



Veamos Juan 6:37, 44, 65: "NINGUNO PUEDE venir a mí, si el Padre que me envió no LE TRAJERE" (v. 44).



"Todo lo que EL PADRE ME DA, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera" (v. 37).



"NINGUNO PUEDE VENIR A MÍ, si no le fuere dado del Padre" (v. 65).





Aquí vemos muy claramente la enseñanza del Señor mismo. Él da gloria a Dios en su soberanía, y nos enseña la gran verdad de que EL PADRE ATRAE HACIA ÉL pues Ninguno es CAPAZ (NO PUEDE) venir a Cristo, excepto que el Padre no le atrajere.

Esto nos muestra que el calvinismo acierta en lo que toca a la soberanía de Dios: es Dios quien toma la iniciativa en atraer a los hombres perdidos hacia su Hijo: el hombre natural es impotente para "ir a Jesús". Pero tambien el Señor muestra el otro aspecto: es el hombre el que una vez atraído por el Padre, VA A JESÚS...y por eso dice el Señor: "El que a mí viene, no le echo fuera"... así el arminianismo tambien tiene parte de la verdad bíblica.. Ahora lo peligroso es irnos a los EXTREMOS y salirnos del BALANCE de la verdad en este tema.. pues como lo veremos más claramente a continuación.. tanto el Calvinismo como el Arminianismo tienen PARTE de la verdad, pero no TODA la verdad (si los tomamos por separado).. Y es por ello que deducimos que las CONCLUSIONES LÓGICAS de ambas escuelas de teología son erróneas. Pero sus bases bíblicas son acertadas.





( El siguiente estudio claro y preciso del tema, ha sido extraído de la página: http://www.verdadespreciosas.com.ar

Léalo completo desde aquí: www.verdadespreciosas.com.ar/documentos/Editor/libre_albedrio.htm)







¿Libre albedrío o “no depende del que quiere”?





La pregunta que planteo es muy importante para definir qué creemos del pecado, de la gracia soberana de Dios y de la responsabilidad del hombre. ¿Enseña la Biblia que el hombre tiene un «libre albedrío»? ¿O más bien enseña que está muerto en delitos y pecados, necesitando que la gracia soberana le de vida?



¿Qué es el «libre albedrío»? Muchos, aparte de la Filosofía, enseñan la doctrina del «libre albedrío», esto es, una supuesta capacidad del hombre natural de no estar enteramente perdido, sino de poder (y querer, por cierto) arrepentirse y creer a Dios. Se dice que el hombre cuenta con la capacidad moral de tomar decisiones agradables a Dios y de hacer la elección de dirigir su alma a Dios en obediencia a Él, y que estas decisiones son realizadas libremente por la voluntad del hombre natural.





Pregunta clave para ver qué cree Ud. sobre este tema





A la luz de las Escrituras, preguntamos: ¿Puede, es capaz, un pecador nacido de Adán, que no ha nacido de nuevo, desear el don de la salvación? ¿quiere, un inconverso, ser salvo? Si Ud. responde afirmativamente, entonces tiene la noción «arminiana» de estas doctrinas de la gracia; mientras que si responde negativamente, ello significa que es de percepción «calvinista». Pero dejemos para más adelante estos términos pertenecientes a escuelas teológicas, y centrémonos en la enseñanza bíblica del asunto.





Veamos una serie de notas sobre este importante tema de la gracia, que seguramente ayudarán a entenderlo más ampliamente.



Introducción



La mente natural es incapaz de reconciliar la verdad bíblica de que el hombre natural no tenga un libre albedrío, y sea a su vez tenido como responsable por Dios de obedecerle. Entiéndase por libre albedrío la libertad del albedrío o voluntad para elegir el bien.





Pero para que la criatura sea capaz de tomar la voluntaria decisión de arrepentirse, creer a Dios y obedecerle, es menester que primero desee hacerlo, que quiera creer. Nadie puede tomar una decisión de creer a Dios sin primero quererlo. La cuestión es si el hombre natural, está dotado de esta facultad (1.ª Corintios 2:14). El hombre nacido de nuevo, que ha recibido la vida de Dios en él, y que es una nueva criatura, evidentemente sí tiene la nueva facultad de elegir el bien, el buen deseo de creer y obedecer a Dios, pero veamos qué pasa con el hombre aún no regenerado. Leamos Romanos 8:7



“Los designios (griego: phronema = mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”



La carne no puede querer a Dios en ningún sentido. Además, es incapaz de ello: “no puede”. Esta Escritura no sólo señala esta verdad, sino también que es la mente de la carne la que predispone y controla al hombre natural en sus acciones.



DOS ERRORES COMUNES




Hay dos grupos de citas bíblicas que se presentan en pro y en contra, pues se han formado históricamente dos escuelas de pensamiento sobre este tema.





Una escuela teológica (comúnmente llamada hoy “arminianismo”) enseña que el hombre es un ser responsable, y que será castigado eternamente por desobedecer el Evangelio. Las citas son numerosas. Por ejemplo:



“Dios... manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30)



“...para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 1:9).



El Evangelio es predicado y Dios manda a toda criatura a creer en él. Hasta aquí está todo bien, y podemos decir ¡amén! a esta gran verdad bíblica y a todas las citas que enseñan esto. Pero la inferencia del sistema es que estos textos señalarían que el hombre es capaz de obedecer, de arrepentirse y creer, lo cual aplastaría el otro grupo de textos bíblicos que señalan que no es así. Por lo tanto, creemos en la verdad señalada por esta escuela teológica, pero no en su inferencia.



La otra escuela opuesta, por otro lado (comúnmente denominada «calvinista») cita otro grupo de textos que indican que el hombre es incapaz, impotente de querer ir a Dios en obediencia a la fe. Que si del hombre dependiera, éste jamás podría ir a Dios, por más que fuese expuesto a la luz de las Escrituras que le muestran su miseria, ruina y tenebroso estado totalmente perdido bajo el pecado, y que sólo la gracia soberana de Dios puede salvarlo por el poder del Espíritu Santo.





Hasta aquí, todo es correcto, la Biblia lo demuestra claramente. Pero la inferencia de que el hombre no es responsable debido a su incapacidad de dirigir su alma a Dios con fe, es escrituralmente errónea. La enseñanza es correcta, la inferencia, incorrecta.



EQUILIBRIO DE LA VERDAD




La fe, que viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17) cree ambos grupos de textos bíblicos. Tanto calvinistas como arminianos denuncian que esto es lógicamente inconsistente, pues aceptar ambos sería, según ellos, una contradicción. Por tal motivo, cada una de las dos escuelas resuelve la alegada contradicción a su propia manera racional: con las inferencias lógicas que deducen de ambos grupos de pasajes.





Lo cierto es que la Palabra de Dios enseña tanto que el hombre no es un ser libre en su albedrío para decidir el bien, sino sólo el mal (es decir, que el hombre es impotente y esclavo de su albedrío), como que es totalmente responsable de obedecer la Palabra de Dios. Quiero aclarar en qué sentido digo que el hombre no tiene «libre albedrío», tal como lo define la Filosofía natural: quiero significar que el pecador sin haber nacido de nuevo carece de la capacidad moral de tomar decisiones o hacer una elección de manera que dirija su alma a Dios en obediencia a él. Decisiones que son el libre producto de su voluntad. Estas decisiones y capacidad para obedecer a Dios, la tiene perfectamente el hombre renacido, pues ha sido dotado de una nueva voluntad, de la naturaleza divina que “no practica el pecado”. Pero no puede decirse lo mismo del viejo hombre, que sólo inclina su albedrío hacia la desobediencia y el rechazo de Dios en incredulidad.





Os invito, pues, a leer una serie de estudios sobre este tema, donde veremos las bases bíblicas que sustentan lo dicho. Dios mediante, dividiremos los estudios así:





1. El hombre está moral y espiritualmente muerto (Efesios 2)



2. El hombre es responsable: aunque responsabilidad no implica capacidad



3. Dios da vida en forma soberana (Efesios 2:5; Juan 5:21; 6:63; Santiago 1:18, etc.).



4. ¿Por qué predicar el Evangelio si no hay libre albedrío? (2.ª Timoteo 2:10)



5. Endurecimiento (caso de Faraón)



6. Un poco de historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»







EL HOMBRE ESTÁ MORAL Y ESPIRITUALMENTE MUERTO




“1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:1-10).



La «seguridad eterna» del creyente es una verdad íntimamente relacionada con el tema que tratamos, y es enseñada también en la Escritura (p. ej., Juan 10:27-29). Pero esta doctrina también resulta del hecho de que el hombre no tiene «libre» albedrío. Pues la Escritura establece con meridiana claridad que el hombre no renacido “está muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1), y que es Dios quien salva soberanamente y da vida (Efesios 2:1,5) y fe (Efesios 2:8), y, además, es quien guarda con seguridad (1.ª Pedro 1:5 y Judas 24).





Ahora bien, estamos de acuerdo con aquellos de arminiana persuasión en el hecho de que la doctrina de la «seguridad eterna del creyente» es incompatible con «el libre albedrío» tal como aquellos lo entienden (como “poder propio de decisión”). Es simple, si de la decisión del hombre depende el hecho de salvarse, una vez “salvos” por voluntad propia, bien se puede “dejar de ser salvos” por voluntad propia también. Lógicamente perfecto.





Pero la Escritura, lo repetimos, declara nuestro estado anterior al nuevo nacimiento como de “muertos en delitos y pecados”. ¿Creeremos esto tal cual está? Pero pregunto: ¿Cómo puede un hombre “muerto” creer? La respuesta simple, a la luz de esta explícita Escritura, es que un hombre muerto es incapaz de creer por su propia voluntad. Pues este hombre natural, está “muerto en delitos y pecados”; ¿cómo, pues, podrá creer la Palabra de Dios, y querrá obedecerla? Muerto, significa eso mismo: muerto. Por eso en ese mismo versículo 1 de Efesios 2 encontramos una aclaración: aquellos que estaban muertos, fueron hechos vivos por Dios. Es evidente que nada puede ser vuelto vivo, si no estuviese muerto primero. El hecho es que el pecador perdido está moral y espiritualmente muerto delante de Dios.



LA ANALOGÍA CON LA MUERTE DE LÁZARO




La analogía de esto con Lázaro es sorprendente. En Juan 11:43, el Señor clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!”. Fue una voz alta, pero no para que Lázaro oyese mejor, pues estaba muerto; sino que lo fue en beneficio de la multitud que estaba alrededor (v. 42). ¿Cómo oyó Lázaro, si estaba muerto? ¿Cómo pudo obedecer la Palabra del Señor? ¿Acaso la orden del Señor implicó capacidad de respuesta/obediencia en el muerto Lázaro? ¿Acaso la voluntad de Lázaro cooperó en alguna medida con nuestro Señor para su reavivamiento? Obviamente que no.





Cristo pronunció la palabra de poder, y Lázaro recibió la vida. Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Y así como el Señor manda al muerto físicamente, así también manda a los muertos espirituales (2.ª Corintios 4:6; Efesios 2:1-8).





Doy gracias a Dios porque estando yo muerto en delitos y pecados, Él puso vida y fe en mí por medio de su Palabra, pues de lo contrario yo habría perecido eternamente.



OTRO ASPECTO DE MUERTE EN ROMANOS




Romanos tiene una perspectiva diferente de Efesios. Ve al hombre como vivo en pecado, pero esclavo del pecado (la carne), el cual opera en él; como sujeto a la ley del pecado y de la muerte (Romanos 6 y 7).





Esto muestra a la voluntad como completamente hostil hacia Dios. Romanos muestra que la voluntad se aleja de Dios y se dirige hacia el pecado invariablemente. Que el hombre no es libre en su albedrío, y que tiene por fin la muerte.





Efesios, en cambio, ve al hombre como muerto en pecados, y por ende con la necesidad de reavivamiento por parte de Dios. Esto muestra que el albedrío o voluntad está muerto de todo movimiento en dirección a Dios.



Ambos puntos de vista del estado del hombre perdido bajo el pecado (Romanos y Efesios) son simultáneamente ciertos, y muestran la irremediable ruina del hombre, a menos que Dios intervenga soberanamente dando vida y luz, allí donde hay muerte y tinieblas.

La enseñanza bíblica, pues, a la luz de estos textos, es que el hombre natural está moralmente muerto para con Dios y es incapaz de obedecerle con fe.





RESPONSABILIDAD ANTE DIOS DE TODO HOMBRE:




EL HOMBRE ES RESPONSABLE DE SUS ACTOS



Para tratar de debilitar el hecho de que el hombre perdido está “muerto en delitos y pecados”, los arminianos citan pasajes bíblicos que suponen que el hombre es un ser determinado libremente por su albedrío. Se suelen multiplicar los textos como prueba de esto, los que, en realidad no prueban la libertad del albedrío del hombre perdido. Además, nadie antes de la cruz siguió viviendo, lo que demuestra que el alegado libre albedrío no ha podido producir un resultado positivo. (Un autor arminiano cita, por ejemplo: Isaías 55:1; Mateo 11:28; Deuteronomio 30:19; Ezequiel 18:30; Mateo 11:21; Juan 3:18,19; Romanos 1:26, 28; Romanos 14:12; Romanos 2:6; Mateo 23:37; 1.ª Timoteo 2:4; Juan 5:40; Juan 8:24; Juan 1:12). Pero hay muchos textos bíblicos que demuestran que el hombre en realidad no tiene libertad de albedrío.



LAS ESCRITURAS DEMUESTRAN RESPONSABILIDAD, PERO NUNCA CAPACIDAD




¿Cómo debemos entender el grupo de pasajes que citan los arminianos? En primer lugar debemos observar que esos pasajes no nos dicen que el albedrío del hombre sea libre de decidir el bien.





Hay que tener en cuenta que los arminianos están en lo correcto en afirmar que el hombre es responsable. Pero su error estriba en la inferencia de que este hecho implica capacidad de determinación.





Es de suprema importancia advertir este punto. Pues se citan numerosos pasajes que demuestran que el hombre perdido es responsable ante Dios de obedecerle, pero se pretende, a partir de esto, haber demostrado con las Escrituras que el hombre tiene libertad de albedrío. Pero en realidad lo único que se ha demostrado con estas citas es que el hombre es responsable. Pero la inferencia lógica que deduce de ello (“capacidad de determinarse a sí mismo”), es simplemente contraria a otras numerosas Escrituras que prueban explícitamente que no hay tal capacidad.





No es preciso comentar cada uno de los textos citados por los arminianos, pues todos tienen el mismo denominador común: enfocan la responsabilidad del hombre perdido. Pero sí me voy a detener en el versículo tal vez más citado en apoyo de su posición: Deuteronomio 30:19 (comparen este versículo con: Ezequiel 3:21; 18:9, 21...; 20:11,21; 33:11; 2.º Crónicas 6:36; Salmo 130:3; proverbios 20:9).



¿PRUEBA DEUTERONOMIO 30:19 QUE EL HOMBRE ES CAPAZ DE ELEGIR LA VIDA ETERNA?




“... Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando a Jehová tu Dios, y siguiéndole a él...” (Deuteronomio 30:19,20).



Quienes citan esta escritura, ¿creen que “escoger la vida”, significa la vida eterna? Por empezar, el hombre en este contexto se hallaba, no bajo la gracia, sino bajo la ley. Lo que quiere decir esto en realidad es que si uno guardaba la ley, su vida natural habría de continuar: no moriría, no pagaría la paga del pecado que es la muerte (Romanos 6:23). Guardando la ley perfectamente, uno escogía la vida. Pero esto no podía dar vida divina ni producir el nuevo nacimiento en una alma. Así está escrito:



“¿Luego la ley de Dios es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gálatas 3:21).



“Vivificar” en este versículo es la misma palabra griega (aunque en otra forma verbal) que aparece en Efesios 2:5, y se trata de dar vida a quienes están muertos en delitos y pecados. La Escritura afirma, pues, que la ley no da vida. De modo que cuando Dios dijo “escoged la vida”, estaba hablando de la continuidad de la vida natural.



DIOS DIO LA LEY, PERO ¿IMPLICA ESO QUE EL HOMBRE FUERA CAPAZ DE CUMPLIRLA?




La posición que sostienen los arminianos es que el hombre tiene libre albedrío y es, pues, capaz de cumplir lo que Dios dice. Pero examinemos esto a la luz de la ley.





Dios dio la ley a Israel para que la cumpliese. Ahora bien, siguiendo el razonamiento del sistema arminiano, podríamos argüir:



¿Qué clase de Dios es éste que manda a los hombres a hacer lo que ellos no son capaces de hacer?



La respuesta que se ofrece es que Dios no manda nunca al hombre a que éste haga lo que no puede hacer, es decir, que Dios, según los arminianos, siempre “respeta” el supuesto «libre albedrío» del hombre pecador, que Dios nunca haría algo que violase la libertad del albedrío humano. Pero la ley es la prueba de que esta inferencia es incorrecta.



Sigamos un poco más con Deuteronomio.





El hecho patente es que ningún pecador jamás escogió la vida. Ningún pecador guardó la ley nunca. ¿Pruebas de ello?: todos han muerto físicamente. La dificultad no se halla en la ley (Romanos 7:10-12). La verdad es que el pecador perdido no puede escoger nunca la vida. Es más, no se trata sólo de que la muerte universal da testimonio del hecho de que el hombre no puede guardar la ley, sino de que la incapacidad del pecador perdido se halla expresamente establecida en la Escritura:





“Por cuanto los designios (lit. “la mente”) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).



“Ni tampoco pueden” son palabras que claramente expresan incapacidad. Dios, pues, dio la ley a Israel y le mandó que la guardase, pero sabía perfectamente que ello era imposible (hasta que llegara Cristo, el Hombre Perfecto, el único que guardó la ley sin tacha). Y ahí tenemos la prueba de que Dios manda a hacer cosas al hombre que éste no puede cumplir, que demuestran su incapacidad. Y ello prueba también que el hombre no puede obedecer, pero que, sin embargo, es responsable de obedecer.



Los judíos eran responsables de guardar la ley por cuanto Dios les ordenó que lo hicieran. Ellos ni lo hicieron ni lo pudieron hacer. Responsabilidad moral no necesariamente implica capacidad de cumplimiento. Ahora bien, la noción de que responsabilidad implica habilidad, constituye un elemento esencial del sistema arminiano, y sin este punto, todo el sistema construido sobre la base del supuesto libre albedrío humano colapsa.



Yo creo, pues, que es un hecho demostrado que Dios demanda del hombre lo que el hombre no puede cumplir. El hombre fue probado desde Adán hasta la cruz, demostrando su total fracaso, su incapacidad de obedecer a Dios y de escoger la vida. En la cruz, con el rechazo definitivo de Cristo, la prueba termina. En Cristo, ahora, la cosa cambia.





Pero siempre recalco el hecho de que a pesar de que el hombre no pueda cumplir, es, no obstante, tenido igualmente por responsable ante Dios.



INCAPACIDAD PARA PAGAR NO NOS LIBERA DE NUESTRA RESPONSABILIDAD



El hombre es responsable de obedecer, y es culpable de desobedecer, y su voluntad es hostil y perversa con respecto a Dios. Estas tres cosas son ciertas y es la enseñanza de la Biblia.

El hombre es moralmente depravado, incluso en su propia voluntad o capacidad de tomar decisiones para con Dios. El hombre ha fallado, a lo largo de la Historia, bajo toda prueba que Dios lo colocó: Adán, la era antediluviana, Israel, en fin, el hombre siempre demostró su incapacidad y fracaso. Tal es la lección del Antiguo Testamento, y muchos parecen no haberla aprendido. Negar el fracaso y la incapacidad humana, o decir que Dios no puede violar la voluntad de un pecador, equivale a elevar al hombre y rebajar a Dios. En nuestro próximo estudio, Dios mediante, examinaremos un conjunto de pasajes que demuestran que la única salida para el pecador perdido es que Dios lo fuerce a entrar por el camino de la salvación contra su propia voluntad (Lucas 14:23).





LA BIBLIA ENSEÑA LAS DOS VERDADES: EL HOMBRE ES ESCLAVO DE SU ALBEDRÍO Y A SU VEZ RESPONSABLE




La mente se cuestiona cómo puede un hombre ser tenido por responsable de sus pecados si no cuenta con libertad de albedrío. El hecho simple es que Dios lo tiene por responsable. Si la Biblia enseña esto, nuestro deber es creer ambas cosas, sin forzar la lógica ni inventar dificultades contra la revelación escrita. Reconozco que nuestra mente carnal se revela contra ambos hechos. Pero cada uno constituye una de las caras de la misma moneda: equilibrio de la verdad.



Pongamos un ejemplo de la vida práctica para ilustrar este principio:



«Los arminianos sostienen que nuestra responsabilidad depende de nuestro poder. Si yo le presté 100.000 dólares a alguien, y esa persona se los mal gastó en su totalidad, es obvio que no puede pagar, pero ¿acaso su incapacidad lo exime de su responsabilidad? ¡No! La responsabilidad depende del derecho de la persona que le ha prestado el dinero, no de la capacidad que ha malgastado injustamente el dinero» (J.N.Darby).



Veamos otro ejemplo ilustrativo del principio:



«Un hombre robó una oveja, y no tiene el menor deseo, ninguna “buena voluntad” de devolverla. Su firme decisión es quedarse con la oveja y comérsela. Mata a la oveja, y se come la mitad. Y piensa seguir comiéndose y disfrutar de la otra mitad. Tal es su albedrío, su propia decisión y voluntad. De repente, un policía abre la puerta y lo sorprende comiendo una pierna de la oveja, y con media oveja guardada en la heladera. El representante de la ley se dispone a arrestar al ladrón, cuando éste le argumenta: “Oh, no, mi estimado; confieso que robé la oveja. ¿No se da cuenta que ya la maté, que me comí la mitad, y que la otra mitad la tengo guardada en la heladera? ¿No ve que no tengo el más mínimo deseo de devolver ni siquiera lo que queda?” Ahora bien, ¿Podría mencionarme algún policía que dijera: “Oh, veo que puesto que Ud. no tiene el menor deseo ni la voluntad de devolver la oveja, ya no hay más responsabilidad”?» (C.H.M.).



EL LLAMADO DEL EVANGELIO OBLIGA A LA RESPONSABILIDAD




Para terminar esta parte, diré que el llamado del Evangelio también pone al hombre perdido bajo responsabilidad.



“Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden: a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida” (2.ª Corintios 2:15,16).



El Evangelio ha de ser obedecido (2 Tesalonicenses 1:8; Hechos 17:30), y el pecador que lo oye y lo desobedece es tanto más culpable. Para ellos es “olor de muerte para muerte”.



El pecador, pues, está muerto en delitos y pecados, y aunque su inclinación moral sea hacia lo malo delante de Dios y no puede creer, el llamado del Evangelio se dirige a su responsabilidad y sólo trae a luz cómo la muerte está operando en él.





DIOS DA VIDA SOBERANAMENTE




Puesto que el pecador está moralmente muerto, Dios tiene que intervenir soberanamente y “dar vida” al hombre. Ésta es la doctrina que encontramos en el capítulo 2 de la epístola a los Efesios (y que podemos comparar con Juan 5:21 y 6:63):



“Estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:5).



“Dar vida” es vivificar aquello que no tiene vida en ningún sentido, lo que está muerto. No incluye ninguna forma de cooperación del albedrío humano con Dios en esta milagrosa y soberana obra. Más bien es Dios el que inicia y el que obra “de su propia voluntad” (Santiago 1:18).





Dios pone fe en una persona como don (Efesios 2:8). Acerca de un verdadero creyente, Dios declara expresamente así:



“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).



De modo que Dios llama a los muertos en pecados a la vida soberanamente, dándoles fe, a través de la Palabra (Romanos 10:17; Efesios 2:8). Somos hechura suya (Efesios 2:10). No se dice que la salvación sea la obra de Dios en cooperación con la obra nuestra, sino suya. Muchos no se dan cuenta de que tan pronto como introducimos la cooperación humana, aunque sea en el menor grado, elevamos el yo y, por consecuencia, deshonramos y rebajamos a Dios.



Esto ha sido muy bien ilustrado en el «cántico de los redimidos en el cielo». Se dice que en la eternidad habrá «dos cánticos»:



El que cree que “la salvación es de Jehová” solamente, cantará:



«¡Digno es el Cordero, que nos salvó!»



Mientras que los que creen que han colaborado en la obra redentora con su decisión y su fe, cantarán:



«¡Digno es el Cordero, y también nosotros!»



ESCRITURAS QUE DEMUESTRAN LA TOTAL INCAPACIDAD Y RUINA DEL HOMBRE




Hay escrituras que excluyen expresamente el albedrío humano, y que establecen que es el albedrío divino el que produce el nuevo nacimiento. Veamos algunas de ellas:



“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de VOLUNTAD DE LA CARNE, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).



“NO PUEDE el hombre recibir NADA, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).



“NINGUNO PUEDE venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).



“NINGUNO PUEDE venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65; compárese con 17:2).



“¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque NO PODÉIS escuchar mi palabra” (Juan 8:43).





“El Espíritu de verdad, al cual el mundo NO PUEDE recibir” (Juan 14:17).



“Por cuanto los designios (lit. mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, NI TAMPOCO PUEDEN” (Romanos 8:7).



“Y los que viven según (lit. “en”) la carne NO PUEDEN agradar a Dios” (Romanos 8:8).



“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que TODO designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo SOLAMENTE el mal” (Génesis 6:5).



“Porque el intento del corazón del hombre es MALO desde su juventud” (Génesis 8:21; compárese Eclesiastés 9:3).



“Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y PERVERSO; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).



“Estabais MUERTOS en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).



“El mundo entero está bajo el maligno” (1.ª Juan 5:19).



“No hay justo, NI AUN UNO... no hay quien HAGA LO BUENO, no hay NI SIQUIERA UNO” (Romanos 3:10-20; compárese con Salmo 14:2-3).



“...Los hombres AMARON MÁS las tinieblas que la luz, porque sus obras eran MALAS” (Juan 3:19).



“Y TODOS a una comenzaron a excusarse... Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá... Y FUÉRZALOS A ENTRAR, para que se llene mi casa” (Lucas 14:18-23).



“Así que NO DEPENDE DEL Q UE QUIERE, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16).



“Él, de SU VOLUNTAD, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18).



“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).



De estos textos bíblicos, resulta claro, pues, que la Escritura niega que el hombre tenga un “libre” albedrío (esto es, que sea moralmente libre para escoger el bien por un acto de su propia voluntad), y afirma, en cambio, que un pecador perdido nace de nuevo POR UN ACTO SOBERANO DE LA VOLUNTAD DE DIOS QUE IMPLANTA EN ÉL UNA NUEVA NATURALEZA Y FE, DANDO VIDA ALLÍ DONDE SÓLO HAY MUERTE.



Alguno podrá decir: «Pero ¿no es también cierto que cuando un pecador se convierte a Dios, él LO QUIERE?». Sí, naturalmente que sí. Él quiere y tiene el profundo deseo de ser salvo y de obedecer a Dios y de servirle. Pero, si esto no es fruto de su propio libre albedrío como pecador perdido, ¿qué es? La Biblia tiene la respuesta precisa:



“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).



He aquí la explicación de cómo aquellos que son salvos en Cristo, han de ocuparse en su propia salvación: es Dios mismo quien obra en ellos el QUERER. Él les da un NUEVO ALBEDRÍO, y opera en ellos por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús (léase también Romanos 8:2).



Pero la pregunta entonces es: “¿Cómo, pues, se comunica o produce este nuevo albedrío o voluntad, esta nueva naturaleza?” Y la respuesta de la Escritura es simple: Es la operación directa del Espíritu de Dios:



“El viento sopla de donde QUIERE, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).



Ahora bien, ¿no sería absurdo decir que la nueva naturaleza fue generada por acción del libre albedrío de nuestro “viejo hombre” viciado por el pecado? De nuevo, ¿qué dicen las Escrituras?: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuésemos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). ¿Vemos la diferencia? También está escrito: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer” (1.ª Pedro 1:3). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios” (v. 23).



CONCLUSIÓN



Para resumir, un conocido escritor cristiano lo presentó de la siguiente manera:



“¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos. Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).





Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta “dificultad” referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios. Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada. Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios” (C. H. Mackintosh).





¿POR QUÉ HABRÍAMOS DE PREDICAR EL EVANGELIO SI NO HAY LIBRE ALBEDRÍO?



Un predicador del Evangelio puede presentar la siguiente objeción:



«Si creyese que el hombre no estuviera facultado con libre albedrío y con poder para aceptar el Evangelio, nunca podría predicar de nuevo. Pues no podría decir: ‘el que quiera, tome’ (Apocalipsis 21:6). ¿Qué sentido tiene decir una cosa así?»



Puesto que ésta es una muy común objeción, analicémosla de cerca. Ya vimos principalmente en el Evangelio de Juan y en las Epístolas que el Señor y sus apóstoles sostuvieron que “no depende del que quiere, sino de Dios que muestra misericordia”, que los que son nacidos de nuevo, lo son “de agua y del Espíritu”, y en ningún sentido lo son por la voluntad humana. Esta verdad nunca confundió ni desanimó a ningún predicador: nunca los discípulos plantearon que puesto que el nuevo nacimiento no es por el libre albedrío del hombre sino del de Dios, entonces nunca podremos predicar de nuevo. La objeción de “¿qué sentido tiene predicar?” Se desvanece en seguida si leemos los Hechos de los Apóstoles y vemos cómo se expandía el Evangelio, y creemos la verdad de esta Escritura: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1.ª Corintios 1:21). Y en Romanos 10:14 dice: “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique.” “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Dios nos concede el enorme privilegio de proclamar el gratuito perdón de los pecados a través de Jesucristo. Y él da fe por medio del Espíritu a través del agua de la Palabra de Dios que es predicada por nosotros. Por la Palabra del que dijo “Sea la luz”, vino la luz y la vida: el poder de la nueva creación. Lo cierto es que es un gran privilegio ser instrumentos en las manos de Dios.



George Whitefield, Charles Spurgeon, por ejemplo, fueron grandes predicadores de multitudes. Consabido es que no creían en el libre albedrío. ¿Podría alguien objetar su trabajo para el Señor?





El apóstol Pablo predicó la gracia de Dios, y también dijo:



“Todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2.ª Timoteo 2:10).





LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE EN EL CASO DE FARAÓN: ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN




Debemos aclarar que no es correcto concluir de nuestra serie de estudios, que además de que Dios eligiera a ciertas personas, haya un decreto de reprobación contra otras; es decir, que haya un decreto divino de predestinación de algunas personas al castigo eterno (tal es la doctrina calvinista, al menos extrema). Pero la manera en que la Escritura trata con los incrédulos se halla más bien en contraste con la inferencia deductiva calvinista, al igual que lo que dice sobre el libre albedrío humano en contraste con la inferencia deductiva arminiana de la supuesta “capacidad” del hombre natural.



¿Hay algo de parte de Dios que impida la libre elección del hombre para salvarse? La Palabra de Dios tiene la respuesta precisa:



“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).



“Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).



“Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).



“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13; Véase también 2.ª Corintios 5:19-21).



¿Qué lugar tiene, pues, la voluntad de Dios en este asunto?



“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Juan 6:40).



“Dios quiere que TODOS los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4).



“El cual se dio a sí mismo en rescate por TODOS” (1.ª Timoteo 2:6).



“Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Apocalipsis 21:6).



“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).



Éstas, y muchas otras Escrituras, prueban contundentemente que no hay nada de parte de Dios que impida o estorbe que TODOS los hombres vengan a Cristo si quieren. Procuremos no dejar de lado ningún versículo de la Biblia. No hay la menor necesidad de hacerlo, si nuestro único deseo es buscar la verdad.



¿ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN? CASO DE FARAÓN




La mente humana razona de la siguiente manera: Si por la elección de Dios desde la eternidad de algunas personas, sólo cierto número de pecadores serán salvos, la inferencia lógica es que el número restante, por algún decreto similar de Dios, será reprobada y eternamente perdida.





En el endurecimiento de Faraón, algunos han pretendido basar bíblicamente este razonamiento deductivo, que, desde ya diremos, no es bíblico, sino todo lo contrario, como lo acabamos de ver en los textos anteriores.







Flavio H. Arrué

Estudios Bíblicos de L.M Grant

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