"Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro"
2.ª Pedro 1:19

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sobre el desánimo.. x David Wilkerson

Qué duro tener que ser el portador de este mensaje! En el capítulo 19 de Jeremías, Dios pidió al profeta Jeremías que comunicara al pueblo estas palabras: «Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: “He aquí, voy a traer sobre esta ciudad y sobre todas sus aldeas la calamidad que he declarado contra ella, porque han endurecido su cerviz para no escuchar mis palabras”.» (Jer 19.15).

¡Torturado!
Pasur era el oficial principal del templo en ese tiempo y las palabras de Jeremías lo enfurecieron. Inmediatamente, estalló en ira y mandó a azotar al profeta. Después llamó a sus siervos para que lo colocaran en un cepo. Lo situaron en la puerta de la ciudad, donde sería humillado por todos los que pasaran por ahí.
El cepo era un instrumento de tortura. Por veinticuatro horas, Jeremías experimentaría dolor incesante. Primero, inmovilizaron su cabeza. Luego torcieron su cuerpo mientras fijaban sus brazos transversalmente. Tuvo que mantenerse en esa tortuosa posición una noche y un día completos.
¡Qué escena tan horrible! Recuerde que Jeremías era profeta ungido por el Señor. Desde su juventud sabía que Dios lo había llamado a comunicar su Palabra a su pueblo elegido. Sin embargo, ahora estaba atado y era torturado precisamente por hacer eso. No obstante, a pesar de su sufrimiento, Jeremías nunca dudó de su llamado. Él sabía que la Palabra que había recibido procedía de Dios, y así había sido desde el principio de su ministerio.
El Señor mismo había testificado de su relación con Jeremías: «Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones.» (Jer 1.5). Lo que Dios le decía en forma concreta era: «Te conocí antes de que creara a la tierra, Jeremías. Tenía un plan para tu vida desde ese momento. Te formé para que predicaras mi Palabra.»
Al principio, Jeremías le respondió: «¡Ah Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque soy joven», pero Dios le contestó: «No digas: “Soy joven”.» (1.6–7). En otras palabras: «Te he llamado Jeremías. Así que no digas que no eres capaz de hacerlo.»
Luego el Señor añadió: «Adondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás. No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte.» (1.7–8).
Jeremías describe lo ocurrido en ese momento: «Entonces extendió el Señor su mano y tocó mi boca. Y el Señor me dijo: He aquí, he puesto mis palabras en tu boca.» (1.9). ¡Qué increíble momento en la vida de Jeremías! ¡Cuán maravilloso es saber que Dios ha puesto su mano en usted, que le ha revelado sus pensamientos y lo ha ungido para hablar por él! Esta es la razón por la cual Jeremías nunca dudó de las palabras que Dios le dio.
Luego el Señor le dio estas instrucciones: «Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate y diles todo lo que yo te mande. No temas ante ellos, no sea que yo te infunda temor delante de ellos.» (1.17). Finalmente, Dios le dijo a su siervo esta poderosa palabra: «He aquí, yo te he puesto hoy como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce contra toda esta tierra: contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo de la tierra. Pelearán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo —declara el Señor— para librarte.» (1.18–19).
Piense un instante en el asombroso mensaje que Dios le dio a este hombre. Él le decía: «Jeremías, planeé un ministerio para ti en la eternidad y ahora te envío para que erradiques todas la mentiras de Satanás. Quiero que derribes y destruyas cada ídolo frente a mi pueblo. Y levanta también a la nación. Quiero que plantes las semillas de mis buenas nuevas. No te preocupes, te diré qué decir, justo cuando lo necesites. Pero no temas a los hombres, a sus malas caras o amenazas ni al fracaso. Recuerda: mientras vivas, estoy contigo. Ningún demonio o enemigo te podrá tocar. Por eso, no te desanimes. Así que levántate en fe ahora, y haz como te he mandado. Tienes un propósito divino, y es hablar según mi pensamiento. No permitas que nadie ni nada te desanime.» El Señor añadió, al final, esta advertencia: «No sea que yo te infunda temor delante de ellos.» (1.17).
Amado hermano y hermana, este mensaje de Dios no es solo para Jeremías, sino para cada pastor y siervo cristiano que Dios ha llamado. Él nos dice: «¡No permitas que nadie te amedrente! No hay razón para que te desesperes ni te sientas confundido ante los hombres. Te he dicho que estoy contigo. Te he dicho que eres una ciudad fortificada. Así que no hay razón para que te sientas acabado ni para que renuncies. Si no crees lo que te he dicho, si dudas de mi fidelidad hacia ti, entonces no puedes evitar extinguirte. Terminarás amargado y agotado y renunciarás. Yo te infundiré temor ante tu oponente, pero será porque no confiaste en mi Palabra.»
«Te digo: no importa a cuáles dificultades te enfrentes ni lo mal que te traten o cuánto abusen de ti. Tus amigos, tu familia —incluso príncipes y reyes— se volverán en tu contra pero ellos nunca prevalecerán. He puesto muros de bronce y columnas de hierro para que te rodeen. ¡Estoy contigo para librarte!»
Este mensaje es para todos aquellos que, como Jeremías, han sido llamados desde antes de la creación a servir a Cristo. El apóstol Pablo dice de Dios: «Quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad.» (2Ti 1.9). En otras palabras, el Señor llama a cada persona que está «en Cristo», y todos nosotros tenemos el mismo mandato: escuchar la voz de Dios, proclamar su Palabra, nunca temer a ningún hombre y confiar en él cuando nos enfrentemos a cualquier prueba imaginable.
De hecho, lo que Dios le prometió a Jeremías aplica a todos sus siervos. Es decir, no necesitamos tener un mensaje preparado para pronunciarlo ante el mundo. Él nos ha prometido que llenará nuestra boca con su Palabra, en el momento exacto en que sea necesario. Pero eso pasará solamente si confiamos en él.
Pablo indica que muchos son escogidos para ser predicadores, maestros y apóstoles y que todos ellos van a sufrir por esa razón. Él se cuenta a sí mismo entre ellos: «Para el cual (el evangelio) yo fui constituido predicador, apóstol y maestro. Por lo cual también sufro estas cosas.» (2Ti 1.11–12). En resumen, nos quería decir que «Dios me ha dado un trabajo santo para llevar a cabo y porque tengo ese llamado, voy a sufrir». Las Escrituras muestran que Pablo fue probado como pocos ministros lo han sido. Satanás trató de matarlo una y otra vez. La multitud «religiosa» lo rechazó y lo ridiculizó. A veces incluso aquellos que lo apoyaron abusaban de él o lo abandonaban. Pero Pablo nunca temió ante los hombres. Nunca se amedrentó ni se sintió avergonzado ante el mundo, ni tampoco se apagó. Para cada ocasión, Dios le proveía de palabras ungidas y necesarias para que las comunicara en el momento justo.
El hecho es que Pablo simplemente no se perturbaba. Él nunca perdió su confianza en el Señor, por el contrario, testificó: «Yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día.» (1Ti 1.12). En otras palabras: «He comprometido mi vida entera a la fidelidad del Señor. Viva o muera, soy suyo». Y aconsejó a su joven discípulo Timoteo para que hiciera lo mismo: «Retén la norma de las palabras sanas que has oído de mí, en la fe y amor en Cristo Jesús.» (1.13).
Precisamente la semana pasada le di el mismo consejo a un pastor. Hace poco este hombre renunció a su iglesia. Se sentía un fracasado por no haber logrado que nadie se convirtiera ni que su congregación creciera hacia la madurez. A su esposa le dolía ver cómo su marido caía en una profunda desesperación. Ella me dijo: «Él es un hombre piadoso y se preocupa por orar fielmente por su gente. Pero se desanimó porque no daba a luz a ningún hijo espiritual. Su predicación era ungida, pero la gente no quería escucharla. Sintió que ya no podía hacer otra cosa que renunciar». Me aseguré de darle a este hombre las palabras de ánimo de Pablo. Lo aconsejé a ayunar por su fe y por la palabra que había recibido. Dios sería fiel en cumplir todo lo que había prometido.
Jeremías tocó fondo cuando estaba en el cepo. No solamente era su cuerpo el que se retorcía, sino que también su alma estaba bajo ataque. Era una noche oscura y tortuosa para este hombre piadoso que se preocupaba por los demás.
¡No doy más!
Finalmente, después de veinticuatro horas de dolor y humillación, Jeremías fue liberado y fue directamente a donde estaba Pasur, el hombre que lo había puesto en el cepo, y le profetizó: «El Señor tiene un nuevo nombre para ti, Pasur. Ahora tu nombre significa que vas a vivir bajo constante amenaza y sentirás temor por el resto de tus días.» ¿Observó eso? Jeremías sabía lo peligroso que era para cualquier persona tocar al ungido de Dios. Indignado, Pasur tan solo trató de mentiroso al profeta.
Jeremías, sin embargo, había agotado su capacidad de resistencia. Empezó a utilizar el lenguaje de un siervo agobiado: «Me persuadiste, Oh Señor, y quedé persuadido; fuiste más fuerte que yo y prevaleciste. He sido el hazmerreír cada día; todos se burlan de mí.» (Jer 20.7). La palabra hebrea que se traduce con el término «persuadido» significa atacado. Jeremías estaba diciendo: «Señor, me has expuesto a un gran engaño. Terminé siendo un ministro que ha sido completamente atacado.»
No podemos suavizar la acusación que Jeremías le hace a Dios en este pasaje. De hecho, él le está diciendo: «Señor, me llamaste a predicar tu Palabra. Me dijiste que profetizara, que destruyera y edificara. Pusiste palabras duras y difíciles en mi boca, pero después, cuando las dije, me abandonaste.
»No entiendo. Te obedecí, Señor. Fui fiel. No pequé en contra tuya. De hecho, arriesgué mi vida por ti. ¿Y qué obtuve? Engaño, decepción, abandono y abuso.»
Intente imaginar lo que pasó por la mente de este hombre durante esas veinticuatro horas de tortura: «Prediqué sobre la misericordia a todas estas personas. Pero ahora todo lo que hacen es abusar de mí. Señor, les hablé como tu profeta. Les rogué que se volvieran a ti. Les dije que tú les sanarías y los bendecirías. Pero se han vuelto para pronunciar palabras que me hacen daño. Durante días lloré por estos hombres y estas mujeres. Mi corazón se quebrantó por ellos. Incluso me entristecí por sus pecados. En mis adentros, sentí compasión por ellos. Pero ahora se burlan de mí. Me ridiculizan todos los días. Dios, ¡me has puesto en un infierno viviente! La misma palabra que me diste se convirtió en mi desgracia.» (vea Jer 20.7–8).
Tal vez usted reflexione: «Dios le prometió a Jeremías que nunca sería avergonzado. Pero ¿no fue eso lo que ocurrió exactamente?». Le aseguro que el siervo de Dios no fue avergonzado. Al contrario, el Señor hacía algo grandioso en la tierra y solo sería revelado a su tiempo. Iba a mostrarle a la nación que Jeremías no había sido quebrantado ante los hombres. En lugar de eso, él era un testimonio y así sería recordado por los siglos.
Recibo cartas de pastores alrededor del mundo que se sienten como Jeremías. En una oportunidad, un ministro me escribió: «Me siento derrotado. Fui fiel a la hora de hacer todo lo que Dios me pedía. Pero cuando salí al frente, en fe, me abandonó. Ahora veo cual era mi problema. No mantuve la confianza durante mi tiempo de prueba. Cuando las pruebas empezaron, no dependí de la Palabra de Dios ni de su fidelidad. Olvidé su promesa que dice: “Nunca te dejaré”.»
Sé lo que significa pasar por este tipo de prueba. Hace unos quince años, cuando la Iglesia «Times Square» apenas iniciaba, Satanás trató de arruinar nuestro ministerio y destruir la iglesia. Hubo acusaciones increíbles sobre rivalidades raciales, y ataques hacia mi familia y mi persona. Los chismes envenenaron la mente de muchas personas y algunas se me acercaban después del culto y me preguntaban: «¿Usted realmente es el farsante que otros me han contado?» Hasta este día, cuando lo leo, me causa dolor lo que anoté en mi diario durante ese tiempo. Empecé a odiar los domingos por la mañana, especialmente cuando tenía que predicar. A menudo me sentaba en mi escondite y lloraba, hasta que mi esposa, Gwen, me abrazaba y me decía: «David, es tiempo de irnos.»
Lloré durante semanas por el dolor que todo esto me causaba. Finalmente, le dije a Gwen: «No necesito esto. ¿Por qué no vuelvo a escribir libros y a evangelizar?» Todo lo que ella podía hacer era mover su cabeza y decir: «¿Cómo pueden algunos cristianos ser tan crueles?»
Por supuesto que no renuncié. Y nunca lo haré. ¿Por qué? Por la misma razón por la cual Jeremías no desistió. Es el mismo motivo por el cual otros ministros y siervos cristianos no pueden renunciar: «Esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo [renunciar].» (Jer 20.9).
Dios no reprendió a Jeremías por su fuerte discurso. En Jeremías 20.14–18, el profeta dio rienda suelta a un impetuoso discurso con matices suicidas: «Maldito el día en que nací; el día en que me dio a luz mi madre no sea bendito. Maldito el hombre que dio la noticia a mi padre, diciendo: ¡Te ha nacido un hijo varón!... Sea ese hombre como las ciudades que el Señor destruyó sin piedad.… ¿por qué no me mató en el vientre para que mi madre hubiera sido mi sepultura, y su vientre embarazado para siempre? ¿Por qué salí del vientre para ver pena y aflicción, y que acaben en vergüenza mis días?»
Percibí esta misma angustia en la voz de un ministro que me llamó hace poco. Me dijo: «David, he afligido al Señor profundamente. Me siento tan pesimista debido a mi fracaso; estoy vacío, ya no me queda nada. Siento como si ya no valiera la pena vivir más.»
Muchos siervos de Dios en las Escrituras también expresan los mismos sentimientos. Cuando Job estaba inmerso en su momento más oscuro, una voz le aconsejó: «Renuncia a Dios y muere.» Elías escuchó una voz similar. Y el profeta, que una vez fue grande, terminó rogando: «Señor, toma mi vida. Soy un fracaso, como todos mis antepasados.»
Tal vez en este momento usted se siente como todos ellos. El enemigo lo ha retorcido y ha inmovilizado su cabeza en un cepo. Quizás piensa: «He clamado día y noche, pero Dios no responde a mis oraciones. Ya no puedo pasar por esto otra vez. No necesito esto en mi vida. Todo era más fácil cuando estaba en el mundo, antes de conocer a Dios. Me siento abandonado.»
Soy consciente de que algunos cristianos podrían argumentar algo como lo siguiente: «el tono de todos estos comentarios va en contra de Dios. Merece un severo castigo». Pero la verdad es que solo somos capaces de pensar en el hombre externo. Dios ve el corazón y él, que conocía en lo más íntimo a Jeremías escogió no reprender al desesperado profeta. ¿Por qué?
El Señor sabía que todavía ardía fuego en este hombre. Era como si Dios dijera: «Jeremías no renunciará. Claro que “volarán algunas chispas” mientras él expresa su confusión. Pero él todavía cree en mi Palabra. Arde en su alma. Va a salir de esta prueba con una fe que no podrá ser removida. Sé que mi siervo no puede evitar predicar mi Palabra. La he estampado en su alma, en su corazón y en su mente. Y sus mejores días están por delante. Todavía sigue siendo mi siervo elegido.»
Jeremías sí obtuvo una nueva esperanza. De repente, estuvo lleno de ánimo y se levantó, como si estuviera diciendo: «Espera Satanás, no puedes engañarme. No vas a echarme de este ministerio que Dios me dio. El Señor me llamó, y sé que su Palabra es segura.»
El profeta entonces testificó: «He oído las murmuraciones de muchos: ¡Terror por todas partes!... Todos mis amigos de confianza, esperando mi caída, dicen: Tal vez será persuadido, prevaleceremos contra él y tomaremos de él nuestra venganza. Pero el Señor está conmigo como campeón temible; por tanto, mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán.… Cantad al Señor, alabad al Señor porque ha librado el alma del pobre de manos de los malvados.» (Jer 20.10–11, 13).
Tal vez en este momento usted piensa que su fuego se ha extinguido. Está convencido de que no queda ni una sola chispa. Al igual que Jeremías, puede que haya pensado o dicho: «No recordaré [al Señor] ni hablaré más en su nombre.» (Jer 20.9).
Apasionado
Lo único que nos saca de esta oscuridad es la fe, la cual viene al escuchar la Palabra de Dios. Sencillamente tenemos que aferrarnos a la Palabra que han implantado en nosotros. El Señor nos prometió: «No dejaré que te hundas. Por eso no hay razón para que te angusties ni para que renuncies. Descansa en mi Palabra.»
Puede que usted piense: «Pero esta noche oscura es peor que cualquier otra cosa que haya conocido. He escuchado miles de sermones acerca de la Palabra de Dios, pero ninguno de ellos parece tener valor para mí ahora». No se preocupe. El fuego de Dios todavía arde en usted, incluso si no lo puede ver y usted debe derramar en ese fuego el combustible de la fe. Lo puede hacer simplemente confiando en el Señor. Cuando lo haga, verá cómo todas sus dudas y deseos desenfrenados se consumen.
A mi alrededor, veo una notable carencia de la Palabra de Dios. Pero, a pesar de eso, veo también a nuestro Señor haciendo su gloriosa obra de restauración en su gente. Él conoce a aquellos que han desertado y todavía los ama. De hecho, él habla a cada uno de los que se han enlistado en su ejército y los incita a regresar a su llamado original.
Y aquellos, quienes una vez yacían muertos, reviven. Claman como lo hizo Jeremías: «El fuego de Dios en mí ha estado reprimido por mucho tiempo. Más ahora no lo puedo detener por un instante más. Puedo sentir cómo el poder de Dios me levanta. Está derramando vida en mi interior. Voy a hablar la Palabra que me dio y a proclamar su misericordia y poder sanador.»
El salmista escribe: «El Señor edifica a Jerusalén; congrega a los dispersos de Israel; sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.» (Sal 147.2–3).
Querido santo, no sé cual es su lucha específica. Usted tal vez está en medio de la noche más oscura que ha experimentado y pareciera como si sus oraciones chocaran contra el techo. Pero sí sé esto: Dios ha puesto fuego en sus huesos. ¡Y ese fuego todavía arde! Tal vez solo queda una pequeña chispa, pero el Espíritu Santo trae aliento de vida a él. Él es fiel para revivir la llama en usted. Lo está levantando para restaurarlo a su llamado original. Él lo acompañará a través de cada noche oscura.
¡No permita que el la adversidad lo desanime!